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La Santita
Por Vladimir Israel Canseco

Vox populi, vox Dei



I


El cielo era más azul de lo acostumbrado en el pequeño poblado de Santa Magdalena. El sol de medio día caía pesadamente sobre los hombros de los campesinos que preparaban las tierras para la temporada de lluvia, para ellos era tiempo de sembrar la milpa. Los niños que salían de la pequeña escuela rural se encaminaban a los plantíos de café, para ellos era tiempo de cosecha.
Toda la gente trabajaba arduamente en el campo, desde el párroco hasta el Presidente Municipal; desde el niño hasta el anciano; desde los perros de campo hasta los fuertes toros de yunta.
-Qué pasó, m’ijo, ¿ya ta listo el café? Tenemos que desgranarlo este mismo día, que ya lo queren en la ciudá -dijo Graciano a Pedro, su único hijo.
-Ya casi apá, lo que pasa es que no vino a trabajar Nicolás, quesque porque su ñora va dar a luz.
-Uyyyyy ya se nos fregó el día de trabajo, quién nos va a cosechar cien kilos en un día -dijo Graciano limpiándose con la mano el sudor, seguido lo cual le dio un gran trago al refino.
-No se apure apá, yo lo cosecho -dijo Pedro decidido.
Despidióse de su padre e inmediatamente se dirigió al plantío.


II


Pedro subía la empinada cumbre del Xoxtle, monte detrás del cual se encontraban las tierras de su padre que eran cinco hectáreas. Cinco hectáreas que apenas les daba para comer, cinco hectáreas que a pesar de su riqueza natural padecían miseria, cinco hectáreas que a veces poco producían.
Al encumbrar pudo ver la tierra sembrada por matas de café amarillo y rojo.
“Tengo que acabar de cortar todo el café de altura; si no, nos lo van a pagar más barato” pensó Pedro y comenzó a trabajar.
Sus veloces manos que trabajaban mata por mata parecían las de un artesano que con oficio y pasión realiza su labor. Seleccionaba, cortaba y metía en su morral el pequeño fruto; cuando éste estaba lleno, lo vaciaba sobre un costal que arrastraba tras de sí.
Sudor salado, tierra amarga, un trago de agua, y seguía trabajando. Pasaron las horas, sacó su itacate: tortillas dos chiles y frijoles. Comió y prosiguió trabajando.
-M’ijo échese un trago de refino que ya trabajó bastante -gritó Graciano.
-Gracias apá, pero ya casi acabo, ya llené cinco costales. ¿Trae las mulas?
-Aquí tan bien paradas, listas para cargar.
-Pues les subimos de una buena vez los costales.
Graciano y su padre cargaron los cinco costales llenos del fruto de café, los subieron a las bestias y se encaminaron de regreso a su jacal.
-Mire apá, qué lindas se ven las torres de la iglesia desde acá, verdá de Dios que parece que quieren llegar al cielo, y la cúpula apá, se ve naranja con el reflejo del sol de la tarde.
-Sí, m´ijo, eso es señal de que Dios nos protege al igual que Santa Magdalenita, santa de la devoción de todo el pueblo.
-Mañana le tengo que llevar unas veladoras a la Santita pa que nos dé una buena cosecha de milpa, ya ve que se acerca la Semana Mayor y yo quiero ser de los primeros en mostrarle devoción.
-Sí m´ijo llévelas, siga dándole a Dios y verá cómo después ancina él le da más.
Padre e hijo llegaron al poblado. La gente los saludaba.
Compraron pan, un poco de azúcar, panela y siguieron hasta su casa que se encontraba en las afueras de Santa Magdalena.
-Ayúdele a su mamá a trair agua del río antes de que anochezca más, ándele y después se baña que mañanita que´s sábado hay que tupirle a seguir cortando el café. Ándele, vaya en lo que yo desgrano el café.
-Sí apa -respondió obedientemente el niño tomando un par de cubetas.
Pedro y su madre caminaron unos pasos en la oscuridad hasta el río.
-Simona, buenas noches -dijo Rocío a la madre de Pedro.
-Buenas Rocío.
-Ya ta llevando el agua pa mañana.
-Sí, es pa que se bañen Graciano y Pedrito.
-A que Pedrito ya ta bien grande, cuántos años tiene.
-Pos ya los diez.
-Mire nada más le salió bueno el chamaco, bien trabajador; hoy lo vi en el Xoxtle.
-Sí andaba cortando el café, es que tenemos que entregarlo pal domingo ya desgranado.
-Y cuántos kilos les pideron a stedes los Ramírez.
-Cien pa empezar.
-Y cómo se los van a pagar.
-Pos de a diez pesos el kilo.
-Cada vez ta más barato, afigurese que le echan la culpa a los chinitos, quesque ellos ya también sembran el café, me dijeron los Ramírez.
-Pero el café de los chinitos no es tan bueno como el de nosotros, ya ve que este grano no pinta pero agarra sabor.
-Sí pero los Ramírez eso no entienden, dicen que eso les pagan en la ciudá, y aparte ellos lo tienen que procesar.
-Mendigos nada más se aprovechan de nosotros.
-Sí, Simonita, pero qué nos queda. Oiga, mañana va a ir a misa de doce; me dijo Pedrito que quería ir a dejarle flores y veladoras a Santa Magdalenita .
-No sé si pueda; mañana bajo a lavar al río, pero si veo a Pedrito le encargo que después lo mande a la cosecha, ya ve que luego se van de vagos a cazar ranas.
-No se apure Simonita, yo lo mando pa ya. Hasta mañana.
-Vaya con Dios, Rocío -dijo Simona dando por terminada la plática y reanudando su labor.


III


-Ya estás listo cabrón.
-Ya casi, que cuánto por fin nos van a dar.
-Treinta mil pesotes, dicen que tiene más de ciento cincuenta años, tiene valor histórico.
-Me vale lo histórico; yo quiero la lana.
-Pues apúrate y vámonos.
Miguel y Ramón subieron a su automóvil y comenzaron su trayecto.
-Oye, wey, sabes llegar -le preguntó Ramón a Miguel, que iba al volante.
-Pos no, pero dicen que es el único camino que lleva para allá.
Viajaron por la carretera durante media hora.
-No mames está bien pinche oscuro.
-Qué le haces al mamón, quieres o no la feria.
-Sí wey.
-Entonces deja de chingar, que no entiendes que me pones nervioso, además ya le hemos hecho muchas veces.
-Ya, pues, ya.
-Y si nos agarra la chota.
-Pues ya ni pex, ya sabes, le damos una leve mordida y nos deja ir.
-Neta, así siempre hacemos.
-¡A huevo! ahora sí voy a llevar a la Raquel a tomar un café fufuruf y después al Cinco Letras.
-Pinche pervertido.
-Que me dirás que tú no haces eso con la Lupita.
-Sí pero yo soy más refinado.
-Hay no mameyes en tiempo de plátano.
-Ya, wey, concéntrate en tu trabajo.
-Ya vas.
Ambos bajaron del automóvil sigilosamente, cubrieron sus rostros con medias y penetraron al lugar donde iban a cometer su robo.
Miguel buscaba silenciosamente la pieza encargada. Al verla trató de arrancarla de la base pero no pudo.
-Ramón, aquí está pero está pegada a una base.
-Aguanta, ahorita te llevo la segueta.
De repente escucharon pasos a lo lejos.
-Alguien viene cabrón.
-No viene, wey, se aleja.
-Y si ya nos vieron.
-No te aflijas, ya casi acabamos.
-Sale pero apúrate.
Ambos amigos, que en la oscuridad sólo se alcanzaban a ver los ojos, se concentraron en su trabajo que duró menos de diez minutos.
-Ya la tengo, ya tenemos treinta mil pesotes -dijo Miguel emocionado.
-Vámonos cabrón.
-Pérate, se ve una luz allá arriba.
-Ha de ser un pinche velador, o la que limpia las bancas.
La luz que parecía tenue poco a poco se hacía más grande y caminaba en dirección a ellos. De repente sonó un golpe seco y el grito ahogado de Miguel.
-Miguel qué pasa, qué pasa Miguel -decía Ramón mientras corría en la oscuridad, buscando la salida.
-Qué pasa Miguel, no hagas mamadas -gritaba con desesperación en la oscuridad sintiendo que alguien seguía sus pasos.
Confundido encontró la salida y corrió diciendo dentro de sí “Perdóname Dios mío, perdóname”.


IV


Pedro se levantó de su petate cuando su padre lo movió.
-Ándele, vístase rápido, que tenemos que salir.
-Ya amaneció, apá.
-Levántese y no pregunte.
Pedro tomó su ropa de manta, su sombrero y fue al encuentro de su padre a quien vio sacar el machete más grande que tenía.
-M’ijo, agarre al machete y vámonos.
Pedro se alegró, nunca había tomado el machete con permiso de su padre. Se sintió orgulloso.
Graciano tomó de la mano a su hijo y lo llevó corriendo hasta la plaza de Santa Magdalena. Pedro aún estaba adormilado, no veía nada, no escuchaba nada más que el murmullo del río, el croar de las ranas y el canto de los grillos.
Cuando sus sentidos se agudizaron vio antorchas encendidas, escuchó los gritos de la gente, el sonido de las campanas de la iglesia, y el frío del miedo recorrió su cuerpo.
“Mátenlo, maten al desgraciado”, rugía la multitud. “Línchenlo, ahorita lo vamos a matar”.
Pedro comenzó a llorar.
-No llore m´ijo -dijo Graciano.
-No entiendo nada apá.
-Mire, m´ijo, qué haría si alguien que no conoce quiere matar a su mamá.
-Pos lo mato apá -dijo Pedro entre lágrimas.
-Pos eso mismo pasó, se querían llevar a la Santita, querían robársela, quién sabe qué harían con ella -decía Graciano enfurecido.
Las lágrimas de miedo de Pedro se transformaron en lágrimas de coraje.
-Y quién fue apa?
-Ese que está en el kiosco amarrado.
Mientras Graciano hablaba con su hijo se escuchó la voz del párroco desde un altavoz
-Hijos míos -decía-. Ya vienen las autoridades, ya déjenlo en paz.
“No, no” gritaba la multitud, “lo vamos a matar”.
La fuerza policial llegó con unos treinta elementos, mismos que comenzaron a correr y a ocultarse de la gente que se les iba encima a palos y machetazos.
-No nos lo van a quitar, nunca hay justicia, ahora la vamos a hacer nosotros -pronunció una voz desde la multitud, misma a la que todos apoyaron.
Bajaron al ladrón del kiosco.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó el anónimo que lo bajaba a puntapiés.
-Miguel, Miguel Llano.
-Pos Miguel ya te cargo la fregada -exclamó el mismo individuo propinándole un golpe en el estómago.
-Ahora vamos todos -dijo alguien.
La multitud sedienta de justicia arremetió contra el acusado.
Tirado en el piso, Miguel recibió todo tipo de golpes.
Pedro se acercó, sacó su machete, esperó el momento adecuado y, en el instante exacto, fundió el arma en la sien del acusado.


V


El amanecer después del linchamiento fue silencioso, lúgubre, solitario.
Reporteros de todas partes del Estado querían un testimonio vivo.
Nadie dijo nada.
“Yo no vi nada patrón”, “yo no estuve”, “oí ruidos pero no salí por miedo” eran las respuestas comunes.
Todos se fueron decepcionados, querían una noticia amarilla llena de sangre y muerte, pero la sabiduría empírica de los habitantes les hacía callar ante los buitres.
Al mediodía Pedro llevó flores y veladoras a la Santita. Le rezó y después le dijo con fervor:
-Qué bueno que no te llevaron, madrecita, ya vites, ya soy un hombre, te defendí con toda mi alma, le di tres machetazos al desgraciado. Madrecita, sólo te pido que nos mandes el agua pa la milpa y que ayudes a mi apá y a mí para llevar el café a los Ramírez. Te dejo, madrecita. Me voy a la cosecha.
Terminó su oración, secó sus lágrimas y salió de la iglesia.
Caminó por el kiosco, vio las cenizas de las antorchas. Se sonrió, elevó su mirada al cielo, y satisfecho, expresó con un grito de júbilo: “Aquí mismo te defendí madrecita, aquí mismo fue”.

México, Puebla de los Angeles, 1998<


 

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