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Cuando el verde césped se confesó
Por Sebastián Srur
     Leonardo Da Vinci se pasea impactado. Los vaivenes de la pelota engolosinan su deleite. Se sabe devoto del fútbol y así lo comprueba la emoción que irradia su rostro. El escenario era improvisado: los partidos se celebraban en las plazas más amplias de la majestuosa Florencia. La precariedad era un denominador común ya que 27 (¡sí, 27!) hombres por equipo pugnaban por salir airosos frente a su rival de turno en cada una de las jornadas multitudinarias. Por ahí también asomaba otro viejo conocido.      Maquiavelo se desasnaba por destacarse como jugador pero sus intentos siempre finalizaron en los olvidos más tristes.
     Son los ilustres ancestros de lo que hoy conocemos como verde césped, apodado de esta manera por “El Mudo” Ángel Labruna, prócer de River e integrante de, tal vez, el quinteto más vistoso, “La Máquina”. Infinitos caminos ha transitado este pasto inmaculado a lo largo de la historia del fútbol. Hay algunas basuritas en sus ojos que denotan la fiereza de épocas remotas. Fue carne de los romanos, que no respiraban glamour cuando de confrontar se trataba. Una rueda de molino era el lugar señalado para aquellas batallas campales. Resulta que, allá por el siglo XIV, un pueblo entero se enfrentaba a otro empujando la pelota a patadas limpias y puñetazos certeros. Los partidos se disputaban en montoneras y no había límite de jugadores.
     Con el danzar del almanaque, los senderos se bifurcaron y en 1863 los ingleses crearon el fútbol, ya en forma oficial. Acunaron al deporte más convocante del planeta. El bebé rozagante era disciplinado y consecuente con sus padres. Pero el nene supo jugarle una estocada traicionera a sus progenitores. El nene, ya centenario, recién les regaló el trono universal en 1966. Los susurros de los fantasmas aún continúan sobrevolando Wembley por ese polémico tanto de Hurst, el segundo de los tres que le ofrendó a la red esa tarde ante los alemanes en la victoria por 4 a 2. El verde césped, testigo privilegiado de ese instante, todavía mantiene un margen de duda al respecto. La fugacidad y el murmullo incesante lo atontaron. Pero se atreve a asegurar que la mitad de la pelota ingresó. Incluso, hace un tiempito, tomando un cortado con Hurst, el artillero le aseguró que el paso de las décadas le corroboró que el gol había sido legítimo. Mas, con una sinceridad brutal, reconoció que, en un primer momento, se dejó llevar por la parafernalia emotiva del ambiente. Por lo tanto...
     Manipulado por los febriles y mercantilistas señores todopoderosos del fútbol, el sagrado terreno de juego también cayó humillado por los benditos billetes. Como en una subasta de la lujosa Sotheby´s, las parcelas de tierra de las finales de la Copa del Mundo de 1994, donde Brasil superó a Italia por penales, y las de 1998, en la cual Francia despachó a los brasileños por 3 a 0, fueron entregadas al mejor postor. En esta última nueve mil de los diez mil metros cuadrados del verde césped fueron rifados. Los desmenuzaron en piezas de cinco centímetros cuadrados cada una y el valor de los originales souvenirs oscilaba los 21 dólares. Parcelas de tierra rematadas. Zinedine Zidane, la estrella francesa y autor de dos conquistas en el encuentro clave ante los verdeamarelos, quizás imaginó: “¿Los mortales que adquirieron esas codiciadas piezas de colección habrán puesto Aquí pisó Zidane el día que elevó a Juana de Arco a la gloria mundial?”. En el firmamento de absurdos también flotan otras cuestiones: “¿La persona que posee la parcela del círculo de la mitad de cancha del ’94 habrá grabado para la eternidad Aquí se entreveraron piernas brasileñas e italianas?”.
     Las preguntas surgen inevitables, como atraídas por un inmenso océano de peculiaridades: ¿a cuánto habrían tasado la medialuna del área francesa, donde Ronaldo, con las urgencias de los buitres de sus auspiciantes, deambuló por el Stade de France con carita de pollo mojado?, ¿cuál hubiese sido el precio del lateral donde desfilaron, en cada tiempo, Lizarazu y Roberto Carlos?, ¿Chirac, el presidente francés en el ’98, se habrá tentado de adquirir pedazos de aquel inolvidable 12 de julio?.
     Pero hay más. Asoman curiosidades asombrosas, grotescas y nauseabundas. Hace ya más de medio siglo, el Maracaná de Río de Janeiro abrió sus puertas precisamente para el Mundial de 1950. Del coloso de cemento mais grande do mundo emergen tres historias. Una habla de la desgracia del arquero de la selección de Brasil en “su” Copa del Mundo. La referencia es para Moacir Barbosa, el más notable exponente brasileño bajo los tres palos durante muchísimos años. En el histórico encuentro decisivo frente a Uruguay, el 16 de julio del ’50, el verde césped lo mandó a la mazmorra hasta el fin de sus días.
     En efecto, metía la cola el célebre Maracanazo. Con el partido igualado en uno, el delantero uruguayo Alcides Ghiggia lo tomó de sorpresa con un preciso disparo desde la derecha. Barbosa hizo un salto hacia atrás, apenas rozó la pelota y cayó.      Cuando se puso de pie, las doscientas mil almas permanecían perplejas, casi como estatuas mirándose sin poder asimilar lo que observaban. Sí, la pelota dormía en la red. Barbosa no había podido desviar el remate. Un confuso pique del balón en el césped lo condenó de por vida. En la otra vereda, se desataba el éxtasis en los charrúas, que festejaban atónitos su segundo título mundial. Así es que, como los norteamericanos guardan como bisagra el asesinato de John Fritzgerald Kennedy el 22 de noviembre de 1963, para los brasileños el nefasto 16 de julio de 1950 es una fecha ineludible.
     Tiene su costado débil el Maracaná. Y no se trata de una leyenda. Sabido es que sepulta cincuentipico de años de una capa impresionante de orina debajo de su alfombra verde. Orín lanzado por los que se congregaban a la misa pagana. Los motivos, si los hubiese, de semejante delirio explican que, al existir demasiada distancia desde las ubicaciones del estadio hasta la zona de los baños, los espectadores orinaban (¿y orinan?) su templo divino. ¡¡Alguien debería haber conservado las pruebas del atropello!!. Con razón la alfombra verde despedía aromas moribundos desde sus entrañas. ¡¡Caraduras los que la tildaban de mugrienta!!.
     Hubo hombres que avergonzaron al verde césped, que utilizaron todo tipo de artimañas para sacar provecho de él. Se sintió insultado en ese cotejo por las Eliminatorias para el Mundial de Italia 1990. Otra vez con el Maracaná como partícipe. Resulta que el protagonista inobjetable de una anécdota patética fue el guardameta chileno Roberto “Cóndor” Rojas. Corría septiembre del ’89 y Brasil decidía con Chile una plaza mundialista. De repente, con los locales triunfando 1-0, una bengala se introdujo en el área chica del arquero trasandino. Rojas se quedó tendido en el suelo unos minutos aduciendo una lesión por el petardo y sus compañeros lo apañaron. Era una falacia total, una actuación soberbia, merecedora indiscutible del Oscar de Holywood. Sin embargo, Chile nunca logró sacar dividendos de la farsa montada por el “Cóndor”. La Federación Chilena no estuvo habilitada para disputar Eliminatorias hasta 1996 y a Rojas lo castigaron con una suspensión perpetua.
     Fresca y saludable, se acomoda y se hace un lugarcito también la dignidad. Se muestra gratificada por el gesto enorme de once paraguayos. Ahí el verde césped se envalentonó, potenció su ego hasta el infinito. Sucedió en Francia, en la Copa Mundial del ’98. Estoicos, los guaraníes habían sobrevivido a la asfixia de los galos en los octavos de final. Era un candado el arco de Chilavert y la brillante performance de los centrales Celso Ayala y Carlos Gamarra clausuraba todo tipo de intento por parte de los franceses. Iban a los penales con el cero clavado en las dos vallas.
     Pero a los 113 minutos, cuando restaba sólo un suspiro para los tiros desde los doce pasos, el caudillo Laurent Blanc batió a Chilavert, se puso el traje de héroe y encaminó a la selección anfitriona a los cuartos de final. Justo en el segundo donde la algarabía y la desazón se conjugan, la alfombra verde supo absorber las lágrimas soltadas por Ayala y Gamarra. La escena desgarradora acaparó las miradas. El arquero paraguayo ex Vélez arengó a sus compañeros destruidos por el esfuerzo, los levantó y los mandó al vestuario con la moral en alto, con la dignidad en su máximo esplendor. Un conmovedor ejemplo de integridad.
     El verde césped se jacta de experimentar vivencias únicas. Siempre evoca las caricias de los máximos prestidigitadores del fútbol. Se regocijó con las delicias de Maradona, Pelé, Di Stéfano y Cruyff, entre otros. Ahora espera ansioso cada presentación de Riquelme o Aimar. A eso se debe que los cuidadores de campo lo preparan, marcan firmes sus líneas, le cortan el pelo, y él, el venerado verde césped se predispone a recibir a los actores y sus feligreses. Total, la esperanza de continuar albergando botines de futbolistas en todos los idiomas lo mantiene vivo. Solamente ruega que lo traten, al menos, como los virtuosos de antaño.



 

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