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El Libro
Por Alicia Carballo
Atardecía sobre el cansancio de la ciudad. Una leve llovizna llenaba el aire cuando el hombre llamó a la puerta de la vieja casona. No hubo ninguna señal que le hiciera suponer que había gente adentro. Volvió a golpear, esta vez con más fuerza. Nada. Sólo la oscuridad, aparecida de improviso, respondió a su llamado transmitiéndole una extraña inquietud porque en ese preciso momento percibió la presencia de alguien junto a él. Buscó a su alrededor y no vio a nadie. “¿Será esta oscuridad lo que me impresiona? se preguntó, mientras esperaba ansioso. Iba a insistir por última vez cuando escuchó el particular sonido de unos pasos acercándose.
La mujer tenía una edad indefinible. Era alta o parecía serlo por la ropa oscura, larga y demasiado holgada para lo poco voluminoso del cuerpo. La impresión que causaba no era en absoluto agradable. Estaba inmóvil en el angosto espacio de la puerta, abierta apenas, y lo miraba con fría inexpresividad desde unos ojos hundidos, glaucos, duros.
“Busco a Esteban” dijo él, con una media sonrisa de compromiso. “No está”, le contestó la mujer. Su actitud mostraba que no estaba dispuesta a dar demasiadas explicaciones. Él miró por sobre el hombro de ella para evitar encontrarle los ojos y sobre el pedazo de la única pared visible del interior pudo ver el reflejo de una sombra estática.
Una mezcla de desconcierto y furia lo invadió. “No quiere atenderme”, pensó y se le endureció la voz cuando preguntó: “¿No vive más aquí? Porque me dio esta dirección ayer. Somos viejos compañeros de trabajo, bastante amigotes y...”
“No está”, interrumpió la mujer. “Puedo volver más tarde... Necesito verlo...” , insistió él.
“No está”, repitió ella con el mismo el tono agrio y cerró la puerta.
La situación lo desconcertó hasta el punto de afectarlo físicamente. Caminó hacia la calle con paso vacilante. Ya en la vereda, se detuvo para recomponerse. Respiró hondo y antes de empezar a caminar, miró una vez más hacia la casa. Nada se veía detrás de las gruesas cortinas que cubrían los grandes ventanales.
El hombre levantó los hombros, metió las manos en los bolsillos y se alejó desenredando con el silbido una melodía que no había caso, pero le servía ahora para pasar el mal trago. “Andá a eso de las seis y te doy el libro del que te hablé. De paso tomamos unos mates. No me falles”, le había dicho el bueno de Esteban. Y ahora esto. Había algo que no estaba bien y que no alcanzaba a aprehender.
Mil conjeturas se le cruzaron por la mente y después de planteárselas no supo si enojarse o preocuparse. “Tendría que volver. Tal vez le pasó algo grave. Además, necesito ese libro” pensó, alentándose a sí mismo. Sin embargo, entretuvo todavía el tiempo mirando sin ver los escaparates iluminados de los comercios. Caminaba despacio, ensimismado, como si a esas horas no hubiera más habitantes que él en el mundo.
La llovizna se había intensificado pero él no parecía percibir el frío que se le colaba entre las ropas húmedas y le azulaba las manos y la cara. Cuando recobró la conciencia, se dio cuenta que estaba empapado y de nuevo frente a la casa de Esteban.
“Esta vez no va a dejarme con la palabra en la boca” rumió, tratando de darse valor.
Mientras recorría la angosta vereda de acceso, la inmovilidad absoluta que había en el lugar le infundió seguridad. Imprevistamente, rodeó la casa y se acercó lo más que pudo a la ventana que daba sobre el ala derecha. Estaba abierta pero tenía las cortinas cerradas. Se pegó a la pared tratando de escuchar y un sentimiento de culpa lo invadió al verse, de alguna manera, violando la intimidad de un compañero al que apreciaba.
En ese preciso momento, la voz de Esteban le golpeó el estómago. “No tenés derecho a imponerme este destino”, gritaba. Contuvo el aliento y aguzó el oído. Ella no se dignaba contestarle. Aún desde afuera, pudo reconocer los pasos arrastrados de la mujer yendo y viniendo. Después de un intervalo que al él le pareció un siglo, la voz metálica y apenas audible que lo había atendido unas horas antes, preguntó cuál era el motivo de tanta inquietud. Cuando la oyó decir “minino melindroso” se dio cuenta que no se dirigía a Esteban, sino a un gato. Quiso imaginarla acariciándolo y no pudo. Era demasiado absurdo pensarla como un ser tierno. “Todo es tan absurdo... Demasiado absurdo y misterioso para mi gusto”, pensó y comenzó a alarmarse. “Tal vez el gato está inquieto porque intuye mi presencia”. Hizo un esfuerzo para inmovilizarse aún más, pero al cabo de unos minutos se dio cuenta que no era él la causa de la inquietud del gato.
Ya no sabía cuánto hacía que estaba allí cuando escuchó el violento portazo y la vio cruzar la calle enfundada en un pesado tapado de paño oscuro y con la cabeza cubierta por un chal, también oscuro. Iba demasiado apurada como para darse cuenta que él estaba allí.
Entonces fue hacia la puerta de entrada y golpeó. Suavemente, primero. Con más intensidad, al no tener respuesta. El enojo lo impacientó. “Definitivamente, no quiere atenderme”. Pero un segundo después reflexionó: “No sabe que soy yo el que llama. No puede saberlo”.
Este pensamiento le precipitó la preocupación. Decidido, manipuló el picaporte. La puerta rechinó a pesar de los recaudos. Adentro el silencio era total. Un aroma inidentificable pesaba sobre la habitación iluminada por una lámpara de pie antigua. Miró a su alrededor y vio los muebles, oscuros. “Se parecen a ella por lo lúgubres”, pensó. Sobre el hogar de mármol había una foto reciente de Esteban. Lo buscó sin éxito por las habitaciones. Había desaparecido.
“Tiene que estar aquí” , pensó mientras cruzaba el living. Fue entonces cuando lo vio. Estaba sentado a su lado y lo miraba fijamente. Él le habló con suavidad, no porque le simpatizaran los gatos sino porque los sabía impredecibles en las reacciones. El animal se acercó y se refregó en sus piernas demostrándole amistad. Él le acercó la mano y cuando la apoyó sobre el negro pelaje, la vio.
Allí, frente a él, estaba. Buscó al que proyectaba esa sombra sin éxito. El gato maullaba detrás de él, solicitándole atención y se disponía a acariciarlo cuando vio arriba de la mesa el libro que había ido a buscar. Sin pensarlo dos veces, lo levantó y salió de la casa. El gato volvió a maullar, llamándolo. Pero él cerró la puerta sin mirar atrás.


 

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