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Pasado y Presente
Por Alicia Carballo

Distintas razas aborígenes habitaron la Patagonia desde antes de la llegada de los españoles. Pueblos nómades, pero poseedores de una cultura con características muy marcadas, mantienen vigentes aún hoy algunas costumbres ancestrales.


Lay, “el innombrable”

        “Un día el Supremo Padre creó al hombre y le puso un alma. Y con el alma entró en el cuerpo el don sagrado de la vida inmortal y el hombre fue como dios...”
        Así repiten los descendientes de las antiguas razas de la Patagonia mítica. Dicen, también, que si el hombre comete una mala acción, Nguenechén le quita el alma y el brujo puede hacer una fiesta macabra en su cuerpo, bebiéndole la sangre y comiéndole la carne hasta que no queden restos.
        La muerte, para el indio, es algo "antinatural". Él considera que si se porta bien nada podrá pasarle y vivirá para siempre; la longevidad es la mejor prueba de una vida virtuosa y dios se lleva a los viejitos sólo para que lo acompañen en el paraíso.
        Pero muchas veces se cometen faltas y por eso los tabúes entre los aborígenes del sur son abundantes y claros:

  • Hay que respetar a los dioses o...
  • Hay que ofrendar a los espíritus "dueños" de las cosas de la Naturaleza y al temible Gualichú o...
  • Hay que respetar a los objetos sagrados o...
  • No hay que pisar el rastro de la piedra que camina o...
  • No hay que profanar las tumbas de chamanes y brujos o...
  • No hay que respirar los vahos de los tesoros enterrados o...
        Todos ellos podrían sintetizarse en un único deber: respetar la sagrada dimensión sobrenatural. De no hacerlo, la consecuencia es convertirse en “el innombrable” Lay.
        Por esta razón, los rituales relacionados con la muerte son muy severos en las culturas patagónicas. Como por ejemplo, para terminar con el recuerdo del "innombrable", los tehuelches quemaban las pertenencias de sus muertos y mataban a sus caballos, perros y demás animales. En tiempos remotos hasta llegaron a sacrificar a la mujer del extinto de un bolazo en la cabeza, para que quién lo había acompañado y servido en la vida lo hiciera también en el reino de las sombras.
        Más tarde se respetó la vida de la viuda, quien pasó a ser una de las lloronas durante la ceremonia fúnebre aunque, después de terminada esta, debía evidenciar su condición de doliente pintándose de negro, andando descalza, usando ropas rotas y soltándose el cabello. Esto continuaba por el resto de sus días, salvo que se volviera a casar.
        En las tribus puelches y moluches el duelo de la viuda era más estricto: prescribía encierro, no lavarse, no comer carne de ciertos animales y no tomar pareja antes del año, para que la muerte no se ensañara con la nueva pareja.
        Respecto al entierro, el cuerpo del muerto con sus mejores prendas (por si le hacían falta en el más allá) era llevado entre lloros, quejidos (y hasta ocasionales exabruptos hacia el brujo) en un envoltorio que podía ser una manta o un simple cuero cosido. Los parientes más cercanos lo cargaban y lo enterraban en suelo blando, con agua y víveres para hacer más aliviado el tránsito hacia la eternidad.
        No había lugares fijos para los enterratorios, pero sí para la posición del cuerpo, que se colocaba en cuclillas, con la cabeza mirando hacia el poniente. Junto al paquete mortuorio se enterraba también el caballo del indio, porque se consideraba que si con él había recorrido los caminos de este mundo, con él debía iniciar el viaje hacia las sombras.
        Sobre la tumba se colocaban ramas de coirón y piedras redondas. Cuanto más importante o influyente era el que se había ido, más piedras se ponían sobre la tumba. Si bien había que olvidarse por completo del “innombrable”, por las dudas, cuando alguien pasaba junto a una sepultura, agregaba una piedra más para evitar que el fallecido se levantara.
        En cuanto a la viuda y los hijos, si se habían quedado sin nada iban a vivir al toldo de sus parientes o al del cacique; si les habían quedado pertenencias, se mudaban de asentamiento dentro de la misma toldería y rehacían sus vidas. Los hijos, al casarse, se llevaban su parte de herencia en animales.
        La vida humana "de este lado" reorganizaba sus fuerzas y seguía en las luchas terrenales, pero... ¿cómo era la vida "del otro lado"?, ¿qué había sido del alma que había partido?...
        Para mapuches y araucanos, tan fervorosos creyentes de la supervivencia del alma, esta consta de cuatro estados: pülli, am, alhué y pillán. Este último es el más perfecto y completo, por cuanto es suma de los tres anteriores y a él sólo se llega evolutivamente.
        Los viejos afirman que en estado de am el espíritu del muerto deambula por su querencia y puede aparecerse como "espantasmas", con forma humana, de pájaro, de árbol de boldo o de moscardón azul, si se ha perdido en el laberinto último.
        Luego de un año, el am es reemplazado por el pülli, estado espiritual superior más desapegado de lo material, que establece su morada en las altas cumbres o aún más allá, donde antes estuvieron los pülli de los antepasados hasta ser pillanes.
        El am y el pülli son los dobles, las réplicas transparentes del ser, que se adhieren al cuerpo a través del alhué. Si esta ligadura con el cuerpo es muy fuerte, es difícil y doloroso el paso al más allá y puede ser interceptada y atrapada en un huichanalhué (alma apresada por el brujo). Los ancianos que guardan las tradiciones de la tribu cuentan casos de almas de niños enganchadas en los enanos servidores de los brujos (ivunches), ocultos en salamancas tenebrosas, invisibles auxiliares del mal y de la magia negra.
        Pero...¿adónde va el ánima desencarnada?. Cada cultura indígena da su respuesta a la gran incógnita:
  • Para los araucanos de Chile, el destino final es Ngülchen Maíhue, el paraíso de la Isla Mocha en el corazón del Pacífico.
  • Para los pehuenches, el alma espera su tercera vida en la profundidad o en la cima de los cerros o avanza hacia su segunda morada guiado por el mítico y negro Quiltro (perro lanudo), que lo lleva ante el viejo barquero. La barca, que no es sino una anciana transformada en ballena, lo llevará por el "río de las lágrimas" hasta la patria originaria de la que un día partieran sus antepasados.
        En ciertas regiones de la Araucanía se acondiciona para los muertos una canoa-ataúd con provisiones y muday para el viaje por las aguas de la muerte. El chamán es el encargado de guiar al espíritu desprendido hasta la "otra orilla", en tanto las plañideras inspiradoras recitan el recorrido para que el muerto no se extravíe y el espíritu del viento avise de su próximo arribo.
        Las almas viajan horizontalmente o descienden a los infiernos subterráneos donde los diablos comen gente. Pero dicen que las almas de los grandes, de los pillanes (entes tutelares de la raza), ascienden por la escala sagrada de los siete escalones al Huenu Mapu (país del cielo), donde el gozo no termina nunca. A ellos se los invoca como intermediarios ante el supremo y son los guías a través de la vida.
        En esto creen los mapuches y también...los malasios, los germanos y los japoneses. Curiosamente Oriente y Occidente se hermanan en el enfoque sagrado del más allá y de la esperanza última, como si las voces de las razas de la tierra no fueran sino matices sobre un mismo tema.
        Posiblemente algún día lleguemos a descifrar esta coincidencia de creencias. Mientras tanto, el mito del “innombrable” sigue inspirando temor y respeto en las tierras australes.


La Machi y el vuelo sagrado

        Cuando llega a las tierras del viento huecuvú, el espíritu maligno que trae consigo la enfermedad, el veredicto que dicta la superstición y la sabiduría del pueblo mapuche es unánime: solo la machi puede enfrentarlo y vencerlo.
        La hechicera sagrada es el símbolo de la esperanza de la salud y de la vida y conoce bien su oficio: primero diagnostica, luego cura.
        En el peutucutrán inicial (diagnóstico) pondrá en contacto al cuerpo del enfermo con el de un cordero o lechón, para que el mal se transfiera al animal. Cuando lo sacrifique y examine sus vísceras, verá el daño y su diagnóstico no fallará.
        Con los datos obtenidos, optará por el lahuentrún (cura mágica a base de hierbas, raíces u otros remedios de la naturaleza) o por el machitún (ceremonia curativa en la que compromete toda su ciencia y su ser mismo).
        En el machitún, sea diurno o nocturno, superstición y magia se dan la mano y retroalimentan.
        Cuando la ceremonia es diurna participan muchos parientes, amigos y vecinos y el rito es sonoro y dinámico. La machi bate su sagrado cultrún y danza y canta su machi ül (canción de la machi), en tanto que dos pihuichenes (niños santos) ejecutan un ahuín (vuelta a caballo), alrededor de la ruca (casa) donde yace el enfermo atormentado. El misterio atrapa a los presentes cuando la médica hechicera, casi en trance, aspira y exhala el hálito del caballo blanco y del alazán y se restriega contra los pechos sudorosos de los animales, implora, corre.
        El machitún nocturno es más solemne y misterioso. El entorno, el horario en que se hace y la visión del enfermo se conjugan para que sea una experiencia única, un trance sagrado de alto vuelo.
        El ritmo antiguo del cultrun sagrado guía a la intermediaria entre el hombre y el dios y por la escala mágica asciende los peldaños de éxtasis:

  • el perimontun (aparición de visiones),
  • el kuiminkelen (caída en trance) y
  • el peuma (arrobamiento extático-místico).
        Una vez escalados, brilla la revelación curativa y se traba la lucha sin cuartel con huecuvú. La manifestación más palpable son las extrañas palabras y sonidos incoherentes que brotan de la garganta de la machi, haciendo erizar la piel de los presentes. Sólo el nguempin (dueño de la palabra) puede interpretar ese lenguaje sagrado y acompañar a la machi para que en el viaje de regreso no olvide los mensajes traídos desde la "otra orilla".
        Después viene la espera. Si triunfa la salud, la machi agiganta su prestigio; si triunfan la enfermedad y la muerte, es porque Nguenechén así lo quiso.
        Como centro de la convocatoria sobrenatural, la mujer chamán no sólo cura sino que también acompaña a las almas de su pueblo al "Reino de la Sombra". Es la mediadora entre ellas y los dioses celestes o infernales y por eso se la considera la gran especialista, la que vela por ellas (encarnadas o desencarnadas), la que las ve y conoce su forma fantástica y la que accede al conocimiento de sus destinos finales.
        Tan fuerte es el poder de las relaciones chamánicas con el más allá y tan vivo su reconocimiento en las sierras australes que, en 1960, cuando terremotos y temibles maremotos azotaron el cordón meridional de Chile, en la costera reducción indígena de Collileufú, al sur de Puerto Saavedra, hubieron ceremonias rituales y sacrificios humanos propiciatorios a cargo de estos mágicos guardianes del equilibrio material y espiritual y... el orden volvió. ¿Fue por obra de la naturaleza misma o por la meditación de las machis?. Es una pregunta sin respuesta.
        Lo cierto es que, en sus prácticas, el chamán o la machi acceden al trance extático por autosugestión, heterosugestión y muy frecuentemente por el uso de plantas alucígenas que se consideran sagradas, como el michay, el peyote o el molle, que pueden fumarse, inhalarse, beberse o masticarse. De esta manera concentran su poder, visitan el otro mundo y adquieren un nuevo y quizás más verdadero sentido de lo real. Bajo el efecto de las drogas alucinógenas entran en estados alterados de su conciencia. ¿Qué ven en sus éxtasis?. ¿Qué se imprime en sus cerebros durante el vuelo mítico? Seguramente, revelaciones de sonidos, formas y colores, corporizaciones no habituales, cuyos símbolos reproducen luego en los extraños dibujos y pinturas de las cuevas o en ornamentos y objetos rituales.
        No hay que olvidar que el chamán es un verdadero artista del misterio, el que conoce los significados de los muchos elementos geométricos que desvelan a los estudiosos (puntos, estrellas líneas paralelas o en zigzag, espirales, triángulos, círculos concéntricos, enrejados, hexágonos) porque es el único que accede a esas alucinaciones figurativas.
        A pesar de los adelantos científicos y los siglos de información acumulada, aún no se sabe el por qué de la reiteración de los motivos pintados por culturas y sociedades tan distintas unas de otras. No se alcanzan a descifrar las plasmaciones chamánicas existentes en el arte rupestre patagoniense, con magníficas huellas en el Alero del Chamán, en las cuevas de Comayo y en el sagrado Cerro Yanquenao, el del círculo basáltico sagrado, con la roca piramidal en el centro.
        Mucho se ha dicho y se seguirá diciendo con códigos humanos acerca del chamán y de la machi, del dominio que tienen de la naturaleza y del vuelo sin fronteras de sus mentes, pero sus trances visionarios son aún un secreto custodiado y preservado celosamente que sólo ellos conocen.


 

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