portada
archivo
foro
staff
Figura contra el ocaso
Por José Ángel Uranga

No se han borrado de la memoria de los argentinos hechos como los que tuvieron lugar en la Patagonia en los años 1920 y 1921, ni el protagonismo de personajes como Facón Grande, líder de una de las luchas obreras más importantes de este siglo.

Prefacio de Alicia Carballo

     Dice José Ángel Uranga, escritor de Comodoro Rivadavia, en su obra “Vencedores y vencidos”: “Los argentinos tenemos varios temas tabú en nuestra historia... Asuntos que han creado un remolino de silencio en torno a ellos, silencios cómplices o piadosos, según el caso. Hay en la familia argentina omisiones, vergüenzas, escándalos ocultos que el maquillaje del traje de la educación y la moralina disimulan... Una de estas culpas, de estos pozos traumáticos colectivos son las huelgas de Santa cruz en los años 1920-1921, pero no sólo por el conflicto en sí, sino por la resolución final dada a los acontecimientos....”

     De ese pedazo de historia que pocos conocen habla este autor en FIGURA CONTRA EL OCASO, un cuento en el que aparece, rescatada del olvido, la figura de José Font, apodado “Facón Grande” por el tamaño del cuchillo que llevaba en la cintura. Por esos años tenía poco más de cuarenta años y era un “pequeño estanciero”, aunque comparando las dimensiones de los campos santacruceños con los de otras latitudes del país, se lo podría considerar un terrateniente. Pero aún así, y tal vez porque era un patrón sensible, supo entender la legitimidad de los reclamos de la peonada y se puso al frente de su escalada gremial.

     Era considerado uno de los jefes más hábiles del movimiento. Tenía armas, unos 20 camiones y se negaba a pelear en los poblados para evitar la muerte de gente inocente. Por eso intentó, por todos los medios a su alcance, oficiar de mediador en el conflicto que enfrentaba a los empleados con los patrones, quienes contaban con el apoyo armado del Ejército Argentino al mando del teniente coronel Héctor Benigno Varela.

     Un confuso episodio narra las vicisitudes de una supuesta rendición y un posterior alzamiento de los rebeldes que terminó con varias muertes. El informe del coronel Varela asegura que el 20 de enero de 1920, habían caído en un combate librado allí, entre otros no identificados, los principales cabecillas del grupo: “un tal Font, (a) Facón Grande, Leiva y otros...”

     Como contrapartida a la versión oficial, un fotógrafo de Puerto Deseado (área de influencia del caudillo) consiguió hacer llegar a Buenos Aires la prueba de la infamia: las imágenes finales de José Font, sin sombrero y sin facón, fusilado frente a unos bretes por efectivos de la tropa de Varela.

     Su cuerpo fue a parar a una de esas fosas que se hicieron tan afamadas en esos días y que hicieron trágica a la Patagonia.




Figura contra el ocaso


     -Sí, claro que lo conocí, y también estuvo ahí cuando todo terminó.
     Yo era todavía un chico en ese tiempo; tenía unos...trece, catorce años, pero me daba cuenta de lo que pasaba. Sí...y bueno, cuando se levantó la peonada yo me fui con ellos, qué otra cosa iba a hacer un peoncito gaucho.
     Estee...fue más o menos para la primavera del veintiuno, meses antes de que todo terminase como acabó.
     Pensar que aquello ahora parece algo increíble, ¿no?... Y, digo, toda esa gente entusiasmada. Era, era algo así como una celebración, un tropel de gente animosa cabalgando, persiguiendo un sueño Todos juntos, todos iguales, “naides más que naides”, decía un criollo.
     Ahora que usted me lo pregunta, sí, había carteles, sí, pero no recuerdo qué decían, no, no recuerdo. Y claro que había gente que dirigía todo ese movimiento; gente venida de los pueblos, de San Julián, Deseado, de Gallegos, donde los hombres estaban más organizados. Se discutía, sí que se discutía; se discutía todo. Había gente letrada, sí señor.. Bueno, la verdad que había de todo pelaje, gente que conocía de leyes y esos derechos que usted menciona. Sí había de todo: peones, mozos hotel, esquiladores, reseros, también estaban estos que trabajan en el puerto ¿cómo se llaman?... eso mismo, estibadores; en fin, de todo.
     Sí, así es. Había como un aire dominguero, de día de cobro. Galopar entre tantos era como una diversión, pero mucho más libre todavía... o quizá me pareció a mí que era un chico entonces, tenía como catorce años. Pero fíjese que es ahora que puedo decir estas cosas, ahora que han pasado más de cincuenta años cabalgamos en el aire diáfano, entreverada la rebeldía entre la gente. Vamos libertarios arriando...
     Cada grupo arriaba sus tropillas, y también ganado para carnear... y, qué le parece, había que comer ¿no?.
     La verdad, nunca vi familias en esas andanzas, no, para nada; en las casas quedaban las mujeres, los chiquitos y los más viejos.
     Y bueno, como le decía: en esos últimos meses lo conocí. Ya para entonces era una persona famosa... así le decían, sí. Era por la daga que llevaba cruzada en la cintura, y en la empuñadura que era de alpaca tenía grabado un gavilán. De eso me acuerdo bien porque cuando desensillaba ponía el rebenque trenzado y chapeado en el mango del facón.
     En fin... y como le iba diciendo. Era hombre muy respetado por todos. Trabajaba por su cuenta, tenía una tropa de carros con la que hacía fletes y, por supuesto, gente trabajando para él.
     ¿En qué estaba? Ah, sí, decía del entusiasmo de la gente... Ahá, creo que sí. Era una revolución como usted dice, así fue, sí señor, una revolución. Toda esa gente modesta que nunca se metía con nadie, amanecer de los pobres Fue como un amanecer de los pobres, un despertar luminoso, cabalgando juntos sintiéndonos dueños y libres Dueños y libres, así nos sentíamos bajo un murmullo de banderas, verdades de fogones. De los casos se levantan polvaredas como reclamo de justicia Aquél fue un tiempo de mucho hablar, y también de pensar, las ideas vienen medio embrolladas, pero cuando se piensa entre todos la cosas sale sola y mejor que cuando piensa uno solo ¿no le parece? Creo que fue como una mañana de luz. Cabalgando todos por algo que valía la pena. Eso lo puedo decir ahora, y no porque lo vea a la distancia, que cuanto más lejos las cosas pasadas parecen más lindas, una libre hermandad Había un gringo que hablaba de una “hermandad libertaria”. “La fraternidad de los pobre salvará al mundo”, desgañitábase aquel hombre.
     ¿Cómo dice? Bueno, mire, eso lo decían los terratenientes y lo anduvieron repitiendo por ahí. Decían que éramos forajidos, asesinos sueltos, todas esas cosas, pero lo que hicieron ellos...y, usted debe saberlo: el ejército, el gobierno, lo que ellos hicieron fue mucho peor ¡mucho peor!Toda esa gente trabajadora sin que pueda defenderse. Fue muy feo todo eso.
     Y bueno, sí, seguro que hubo entre tantos alguien que cometiera por ahí alguna macana, en una de esas para cobrarse algo... Que yo sepa, no, no lo sé. Vio cómo es la gente en esos momentos tan revueltos, pero nada de andar robando y matando como locos, nada de eso, qué va. Esos fueron cuentos de los ricachones de la sociedad rural, que todo lo que hace el pobre, haga lo que haga, está mal; fueron ellos los que desataron la violencia Y mire, la violencia que hubo fue culpa de ellos... y, por su injusticia, por ser sordos a lo que pedía la gente, que no era nada, ¡nada!, cosas simples y elementales para vivir. Hoy no se puede creer que por pedir lo que pedían los hayan matado. Es para no creer, don.
     Eso es algo que nunca voy a olvidar. No me gusta acordarme de esas cosas pero ahora que alguien que no estuvo ahí y que después de tanto tiempo se interese, quiera saber qué fue lo que pasó Pero hay cosas, momentos de esa tarde que se me escapan como agua entre las manos amontonados en los bretes no distingo ningún rostro, no conozco a nadie, tampoco recuerdo sus nombres, pero percibo olores Como le decía, lo conocí en los últimos meses de las huelgas. Ese hombre conocido más por su daga de plata como si su fama se debiese a ese cuchillo como si se tratase de un cuchillero y no por su hombría de bien. Un hombre solícito con todos sin hacer distingos, alguien que bien podría haber estado del otro lado, del lado de los poderosos. Hombre corajudo y sin aspavientos, y esto lo digo por lo que vi, por la forma con que muere un hombre. Porque en esos momentos lo más común es andar dando lástima ¿vio?, andar quejándose o ponerse a llorar con tal de salvar el pellejo. En fin, todo eso es entendible porque cualquiera tiene miedo en esos momentos ¿no le parece?...¡pucha si lo tuve! Pero lo que es difícil entonces es mantenerse calmo y terminar como él lo hizo, mirando de frente; podría decir que provocando al verdugo. Eso para mí es sólo de personas corajudas, de hombre que las lleva bien puestas. No, no fue joda la cosa, no.
     Tenía una forma de ser que infundía respeto y autoridad, pero sin miedo ¿vio?, porque era uno más, igual a todos. Yo era chico pero me daba cuenta de esas cosas, yo veía el respeto que en los hombres infundía ese hombre.
     Han pasado más de cincuenta años pero hay cosas de la vida que se mantienen acá dentro en la cabeza, y por más que no se quiera, siempre vuelven.
     Nos habían arriado cerca de la estación de Jaramillo. Ahí estábamos, entreverados como animales, esperando... Y, esperando que se arregle todo acorralados como ganado: aquellos sentados, estos fumando recostados contra los cercos esperando para irnos cada uno a su trabajo. Eso es lo que se nos había dicho. Pero a los gringos parece que los iban a echar del país y nosotros seguiríamos trabajando como siempre. Así había pasado el año anterior. Ahí estábamos de la tierra triturada se eleva el polvo que blanquea barbas y alpargata confundiendo como en un sueño los rostros terrosos, rostros de la tierra austera. Usted no me va a creer pero, ¿sabe que no recuerdo la cara de ninguno de ellos? pero el miedo hace recordar (recuerda el miedo) barbas y chambergos, pañuelos tapando cuellos y temores, ponchos deshilachados como la suerte fatal de los pobres. Estaban los corrales atestados de cristianos ocupando el lugar de animales. Nos separaron en grupos y nos sacaron fotos...Y, han de andar por ahí; las tendrá el gobierno tal vez. Yo nunca pude ver ninguna un tiempo que es otro tiempo. Se oscurece el recuerdo que intento recuperar y decirlo para que este hombre lo escriba Sí, ahí estábamos, Alguien dijo “parecemos tropilla sin madrina”, y era cierto nos pesa el miedo de rebaño, sudamos ateridos de desamparo, tarde de orfandad y miedo Olía a cuero y matadero una fría humedad me cubre las palmas de las manos. Alguien fuma y le pido una pitada Como le decía, nos habían amontonado en el corral y no sabíamos qué iba a ser de nosotros. Creo que discutían con el coronel la manera de para toda la cosa... Sí, eso se rumoriaba.
     A mí me sudaban las manos y entonces le pido a uno que estaba fumando a mi lado sigo sin recordar su cara una pitada. Tenía un saco de cuero marrón, de eso me acuerdo el pecho se me aplasta por esos recuerdos viejos Me miró, y estoy seguro que en otro momento, en otra situación se hubiera burlado de mí, de que un mocoso le pidiese fumar, pero ahí, amontonados, esperando de nuestra suerte, no dijo nada y me prestó su cigarro aspiro ansioso y tembleque el tabaco negro Me acuerdo que cuando le di la pitada como para aplacar todo eso que tenía dentro, fue la primera vez que no tosí al fumar, sentí entonces que me calmaba el temblor de las rodillas. Sí sí, de eso bien que me acuerdo el miedo es un lazo que no une y aprieta hasta estrangularnos Nadie hablaba, y creo que callábamos de miedo rostros inciertos y serios, ansiosos y expectantes, apagándose con el día Podía escuchar mi corazón bajo la campera, no le miento escucho rebotar los corazones bajo los pechos, hay un silencio amargo de condenados Presentíamos que algo malo estaba por suceder. Creo que olíamos la fatalidad. Estábamos acorralados tratando de ver qué pasaba allá en las casas intento ver entre hombros, codos y brazos, curioso busco un hueco entre los cuerpos para ver la escena Entonces se produce un rumor en la peonada: “ahí sale”. “Ya lo sacan”. “Ahora nos van a soltar”, murmuraban quizá un soplo suave y cálido en esa tarde de diciembre ayudó a que alguien tuviera un rapto de esperanza efímera pero alguien más conocedor de los hombres dijo: “no me parece”. Y callaron volvimos a cubrirnos de silencio pero callaron no por lo que oyeron sino por lo que veían.
     Me pareció que iba con las manos juntas, como esposado, pero en realidad sostenía la bombacha porque le habían quitado el cinturón y la faja; un acto cobarde y gratuito de humillación hacia un hombre desarmado. Iba lento, parecía seguro no lleva su fama de plata en la cintura caminaba rodeado de milicos con carabinas; lo dejaron contra el corral casi frente a nosotros. Y ahí quedó, solo figura recortada en el abismo sangriento de la tarde. Me pareció que miraba hacia nosotros, parecía tranquilo mira de frente su propia muerte Y nosotros, callados, tensos aguachados cayendo en el abandono Alguien dijo: “nos mira”. Y yo pensé: mira a su gente que lo mira. Después se enfrentó al pelotón. Lo adivino, porque en ese contraluz de la tarde debo poner la mano de visera. Figura contra el ocaso Por más que quiera, no he perdido su imagen aún está ahí y para siempre Han pasado más de cincuenta años y ahí está en la tarde infinita que siempre retorna Fue la tarde más larga de mi vida.
     Hoy puedo contarlo, tal vez porque entonces era un chico, o porque el destino así lo quiso, el destino o el capricho de los hombres, ¿no le parece?
     Él estaba frente al pelotón, pero la gente delante no me permitía ver. En un pestañeo lo distingo parado aún de pie mira de frente su propia muerte Todos vimos en esa muerta la nuestra... y ¿se imagina?, si a él lo fusilaban así como así, ¡qué otra cosa podíamos esperar nosotros, embretados para el matadero!
     Hubo un silencio terrible, creo escuchar que alguien grita y enseguida un estampido seco, como un guascazo con rebota en el anca de un animal, y el silencio hiriente doloroso. Estamos estremecidos, asombrados, incrédulos Nadie esperaba esa barbaridad un estremecimiento fatal recorre los rostros cuarteados de intemperie, desnudos de esperanza Tenía acidez en la boca y un nudo en la garganta. Después ¿me dijeron o lo vi? un milico se acercó al hombre tirado y le pegó el tiro de gracia que le dicen. Y la muerte, que es de cada uno, esa, su muerte fue la de todos, era el fin de un sueño acribillada la ilusión ¿se da cuenta?
     Ahí fue que fuimos desheredados de la tierra y de la vida.
     Después me hicieron enterrar algunos cuerpos... Insiste esa figura parada ante su suerte su figura tan remota y tan presente a contraluz del ocaso.


 

buscar