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Mitología Mapuche, 1
Por Alicia Carballo
     Los seres mitológicos, esos que escapan a las leyes biológicas y físicas, han poblado desde siempre la mente humana. Tienen sus raíces en los miedos ancestrales del hombre y han trascendido la realidad intersubjetiva hasta afianzarse en la imaginación colectiva y formar parte de la cultura popular.

     En ese aspecto, el pueblo mapuche cuenta con muchísimas creencias que conforman desde siempre su religiosidad y que llegaron a nuestro país cuando estos aborígenes llegaron desde Chile, empujados por los conquistadores españoles, ocupando el norte de la Patagonia y el sur de la llanura pampeana y mezclándose con los tehuelches y los pampas.

     Como guerreros que eran, terminaron imponiendo su cultura sobre las otras comunidades. Es por eso que son tan conocidos aquí muchos de los mitos, que transmitidos por tradición oral, llegaron a nosotros acrecentando el universo de lo mágico.


EL BASILISCO

     Nace de un pequeño huevo blanco grisáceo que pone un gallo o una gallina vieja. Tiene aproximadamente un centímetro de diámetro, es redondo y su cáscara es gruesa y rugosa. Para impedir que nazca de él el terrible y despiadado monstruo llamado Basilisco, Fasilisco o Athrathrao (acham: gallina), es preciso incinerarlo inmediatamente.

     Este ser tiene cabeza de gallo, cresta roja escarlata y su cuello es largo y ondulante como el de una culebra. El cuerpo tiene forma de ave y tiene pequeñas alas y patas, razón por la cual se arrastra.

     Durante el día se oculta debajo del piso de la casa en la que consigue entrar y por la noche, cuando todos duermen, sale de su escondite emitiendo un repetitivo, monótono y hechizante canto parecido al del gallo, que provoca un sueño aún más profundo en los moradores. De esta manera, se introduce en los dormitorios para absorber el aliento y succionar la saliva de sus víctimas, quienes a partir de ese momento pierden el apetito y enflaquecen aceleradamente, atacadas por una fuerte y persistente tos. La palidez invade sus rostros y pierden poco a poco la actividad motriz hasta el punto de no poder respirar, lo que desencadena el inevitable final.

     La única forma de acabar con el terrible poder del Basilisco es prendiéndole fuego a la vivienda. Para conjurar el mal, también se colocan espejos en todas las habitaciones, porque si el monstruo ve su propia imagen muere de inmediato.


Fuente: Mitología mapuche de Chiloé
Diccionario Mapuche
Ilustraciones: Walter Velásquez


 

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