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Reflejo de historias ajenas
Por Ana Laura Serra

Desde que se han considerado relevantes algunos personajes de la humanidad, se ha indagado en sus vidas, alimentando la admiración y el cuestionamiento.

“y lo que buenamente me den por la balada de la vida privada de fulano de tal” (J.Sabina)

     Debemos el conocimiento de algunas grandes obras y el descubrimiento de ciertos autores y artistas a gente entrometida en cajones ajenos. Distinta hubiese sido la literatura universal si Max Brod no hubiera desempolvado manuscritos kafkianos o nadie hubiese allanado el baúl de Pessoa.
     Sin embargo esta, hasta aquí, saludable tarea, suele extenderse a aspectos que sobrepasan la revelación de creaciones artísticas: se interna con engolosinamiento en asuntos personales de aquellos artistas y produce un conjunto ordenado de historias y datos, verdaderos o no, llamado biografía –aunque a veces sólo se reúne la “correspondencia”, donde la transformación es menor y por ende el resultado más fiel-. Los motivos que llevan a este proceso no suelen ser tan difusos pero sí variables; lo cierto que es el resultado obtiene respuesta casi siempre, obtiene lectores casi siempre, ya sea por devoción o por curiosidad.

     Los lectores de biografías intentan casi siempre conocer más; si bien algunas veces se trata sólo de quien desea, por algún motivo psicológico que no es urgente dilucidar, entrometerse en la vida privada del personaje, la mayoría no deja de pretender adentrarse en los pensamientos u opiniones que el “biografiado” nunca dejó someter a la vista del público, lo que permite (a veces) contextualizar su obra en un marco no solamente social, sino también psíquico, proceso este que ayuda a la interpretación y comprensión. Aquí se presenta un punto en el que hay y seguirán habiendo opiniones discrepantes: el Arte es anacrónico o por lo menos no depende directamente del tiempo en que es creado para ser comprendido como Arte; pero ese mismo Arte es exteriorizado por una persona en una época y con determinadas experiencias distintas de las de los demás, por ende la contextualización ayudará al menos a comprender el punto de vista del creador con respecto a su propia expresión artística. Sin embargo aquí se presenta un nuevo dilema, que ameritaría exhaustivo análisis, acerca de la importancia que tenga ese punto de vista para comprender o no una verdadera obra de Arte. Llegaríamos, mediante ramificaciones de discusión analítica, a la titánica, maravillosa e injustamente desgastada tarea de tratar de definir lo artístico, lo que es por demás interesante, pero estábamos hablando de biografías.

     De modo que, cuando algún artista se lanza a la exploración de la muerte, familiares y amigos comienzan a revisar papeles en busca de material y así, voluntariamente o no, suelen crearse experiencias y reforzar mitos que realzan el atractivo de la imagen del biografiado. Quizás por este motivo las biografías, aun aquellas con irrefutables intenciones de exactitud, llevan en los párrafos menos probables un ligero dejo de desconfianza desde quien lee.

     Pero hay escritores y artistas que no esperan a que el “homenaje” sea emprendido por otros y realizan su propia biografía como es el caso de “Mi vida y mi obra”, del compositor Pablo Sorozabal Mariezkurrena; no hay motivos para creer en una mayor confiabilidad de las autobiografías sobre las biografías, puesto que el mismo fenómeno puede ocurrir, aun, en ciertos casos, potenciado.
     Una subclase de las biografías son las llamadas “memorias”, en donde quien escribe reúne algunos de sus papeles y anotaciones, y recurre a sus recuerdos para narrar acontecimientos que considera relevantes. Adolfo Bioy Casares protestaba bastante de la aversión de los escritores sudamericanos a escribir sus memorias; se quejaba de que las memorias se consideraran un síntoma de soberbia. Debió ser por eso que sus diarios han sido escritos a sabiendas de una posterior publicación, pero pensando que “su publicación, en vida, excedería el límite de vanidad soportable”. Debió ser por eso también que su pluma no admite censura en sus párrafos y por ende algunas posturas son extremas y se permite las más sinceras, aunque muchas veces crueles, opiniones acerca de sus contemporáneos, principalmente Mallea y Sábato.

     Puede entonces verse a la autobiografía como una muestra de inmodestia, o quizás como ausencia de cobardía, que no depende de la magnitud de las revelaciones que se derramen en las páginas. Pero la no-publicación de una autobiografía escrita o de memorias tal vez se deba al sentido de equilibrio, de respeto, o de preservación del orden natural que indica que familiares y amigos no dejarán pasar la oportunidad.
     Las publicaciones tanto de biografías como de autobiografías han sido consideradas en torno al personaje central de ellas y muchas veces juzgada su oportuna aparición; claro que el sentido y el fin de ese estilo de publicaciones, contrariamente a lo aparente, no responde a generalizaciones. Cualquiera sea el por qué, las biografías seguirán apareciendo, constituyendo a veces una deliciosa lectura o una excelente base de datos; y entrometidos en cajones ajenos siempre habrá, para gloria de algunos y no tanta de otros.


 

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