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Desventuras de una canilla enamorada
Por Esther Mercedes Pérez Gayol
     Cuando la canilla de la pileta volvió a dar problemas -y ya era la tercera vez- todo el proceso tornó a repetirse de manera idéntica, fácil de prever, como episodio de serie vieja: vino el plomero, la enferma reaccionó, se la probó varias veces, el plomero cobró y se fue. Pero al poco tiempo estábamos otra vez –y ya era la cuarta- como al principio. No era posible. Algo que estaba pasando se nos escapaba. ¿Qué?
     Decidí investigar.

     Analicé con paciencia el extraño comportamiento de aquella vieja canilla. No la perdí de vista mientras pude. Conseguí nuevos datos, muy significativos. Até cabos, sumé dos más dos más dos. ¿Y qué descubrí? Lo que cualquiera podría haber descubierto con sólo un poco de dedicación Y ningún prejuicio: que los contratiempos comenzaban cuando el paraguas japonés andaba cerca de ella. Eso era todo.

     Comprendo que no es fácil de creer, aun para mí que no soy racista. Pero es que el sujeto en cuestión no era lo que yo llamaría un galán. No se lo veía elegante ni lujoso. Por el contrario, su cubierta de seda era bastante ordinaria y como todo paraguas plegadizo, tenía mucho de contrahecho y un algo de retorcido. Pero era nuevo. Y pujante.

     Al apretar el botón del cuello ¡paf! el tullido se extendía de un solo envión, pletórico de vitalidad, y se elevaba con un salto de animal vigoroso a lo jugador de rugby. Con esa demostración de energía el muy fanfarrón la tenía fascinada.

     La pobre infeliz se empacaba de puro éxtasis. Actuaba como una canilla adolescente. Se ponía en ridículo. Y lo que es más triste: ella lo sabía. La cosa empeoraba más aún cuando después de una lluvia poníamos a escurrir el paraguas junto a ella. El muy cretino se negaba, Se desprendía. Se desplomaba como un payaso. A mí me hervía la sangre. Pero está visto que no se puede jugar eternamente con los sentimientos de nadie. Si la víctima sobrevive, cuidado.

     La canilla sobrevivió. Y como era de esperar, tanto sufrimiento terminó por cambiarla. ¡Y cómo! Ya no la consumía el amor sino el deseo de venganza. Ya no quería que colgáramos al ingrato de su cuello, ahora pedía sencillamente su muerte y lo pedía a su manera: con las entrañas fundidas, reseca toda entera. ¿Quién no sabe que el odio suele ser deshidratante? Sin embargo, aunque parezca increíble, nadie tampoco esta vez sacó conclusiones.

     Decidí ayudarla. Haría por ella lo que ella no podía hacer por sí misma. Y cuanto antes, mejor.

     El momento propicio se presentó al día siguiente. No había nadie en la casa. Hacía frío pero yo me ahogaba de calor. Busqué el paraguas. De primera intención no lo encontré. El muy cobarde había intuido su destino –la mala conciencia avisa a veces- y se había plegado detrás de la enceradora. El lugar era perfecto; pero él no contaba con mi determinación. Casi di vuelta la casa. Hasta que lo descubrí.
     Cuando lo tuve por fin, lo llevé frente a la canilla para que ella presenciara lo que iba a ocurrir.

     Lo tomé con fuerza por el cuello. No se resistió. Lo apoyé sobre mi rodilla derecha, aspiré hondo, presioné con ambas manos y de un solo impulso lo decapité.
La canilla, nada. Ni un gorgoteo. Ni una lágrima. De una sola pieza, imperturbable; como sospecho que se comportan los dioses de la venganza.
Yo seguía aferrado al cadáver. Saltó con fuerza el botón de la nuez. Allá iba su orgullo de paraguas automático.
     Una a una fui quebrando las varillas que se tronchaban con chasquidos rabiosos. Adiós salto de animal vigoroso. Adiós vitalidad. Con los dientes desgajé la seda que cedió con aullidos virulentos. Pero yo estaba más allá de los insultos.

     Todo estaba consumado. Del fanfarrón no quedaba sino una mezcolanza de entrañas retorcidas. Busqué una bolsa donde meterlas y escondí el bulto en la carbonera.
Me temblaban las rodillas. Me faltaba el aliento. Para no caer me aferré con fuerza de la canilla y, con sorpresa, sentí que su cabeza cedía bajo la presión de mi mano. Se abría con suavidad y el agua brotaba con apuro, retozando.
Me mojé la cara y el cabello. Yo reía y ella reía también, salpicándome entre carcajadas. Su agradecimiento era refrescante. Dios mío, qué felicidad.

     De esto que cuento ha pasado ya un año. Desde entonces la vieja canilla no ha dado un solo problema más; pero nadie parece haber reparado en el cambio. No he oído un solo comentario. En realidad nunca nadie me habla. Pero eso ya no importa. Me he resignado a vivir entre mudos que además son ciegos. Viven rodeados de cosas, dependen de ellas y no son capaces de entenderlas. Siguen separándolas de los seres vivos. Creo que siempre lo harán. ¿Cómo es posible? Jamás lo entenderé. Y las seguirán tratando como si fueran de naturaleza diferente. Pretenden tratar a las cosas como cosas. Es increíble. ¿Convencerlos? Ni intentarlo. El mundo es absurdo. Por eso sigue andando.


 

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