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Usurpadores de ritos
Por Sebastián Srur
        Pintura de las décadas de 1940 y 1950: el padre, todavía con los resabios de los spaghettis de la abuela, se apresura para llegar con sus hijos a horario a la cancha para pispear a los purretes de la Tercera de su club. Las demoras aparecían siempre debido al impostergable y multitudinario almuerzo dominguero. Resultaba un menester sagrado reunir a la familia en una mesa decorada de expresiones grandilocuentes y tertulias a grito limpio. La sobremesa se extendía hasta límites insospechados. La cortaban de cuajo los hombres que partían raudos a alentar sus colores. Siempre moría en el intento la promesa que juraban cumplir los muchachos al domingo siguiente: esa que decía que, cuando el sol esclavizante del mediodía inundara las gradas, ellos ya se encontrarían observando el danzar de la pelota.
        Otra modalidad era recurrir a la vianda para llenarse la panza. Porque la jornada se tornaba agotadora y había que atender los ruegos del estómago. Entonces sí se prestaban a compenetrarse en los correteos iniciales de los juveniles. Se trataba de una ceremonia fulgurante, de un desfile perenne de jovencitos desparramando pureza y talento en sus maniobras. “Este es mi pollo, ya van a ver cómo la rompe en unos años” , largaba descarriado un sesentón, que según sus finos exabruptos se asemejaba a una carmelita descalza. Se inflaban el pecho de suficiencia aquellos que acertaban con su “pollo”. Que lo veían descollar en la máxima categoría del fútbol. Después ocurría que, si ese jugador se consagraba en las más encumbradas ligas del mundo, cientos de miles lo habían descubierto en la Tercera o en la Reserva.
        Además se empezaba a calentar la garganta con las previas. Sin duda, era la entrada al plato fuerte, a la Primera División. Y, por carácter de transición, cuando se veían las caras con el enemigo público número uno, o sea el rival histórico de barrio o de ciudad, los hinchas ya gozaban con el espectáculo previo. Porque aullar como desaforado en un gol en un clásico significaba ir palpitando el choque tan anhelado.
        Estaba el pibe de la Reserva que brillaba y le tocaba alternar con los de Primera. Estaba el técnico que lo mandaba a llamar y le ladraba: “Usted va de entrada. Séquese un poco la transpiración que lo espera ella”. Y le señalaba la siete titular, esa que se había puesto millones de veces en sus sueños. También se disfrutaba la chance de foguearse con los mismos amigos de la pensión del club, de darle rienda suelta a la improvisación para luego catapultarse en una camada emblemática de la institución.
        Fábricas de pichones de cracks, de cosechas que han esparcido su estela por el cielo del virtuosismo. Ni más ni menos que eso. Nuestros padres y abuelos supieron mamar aquellos dulces hábitos. Hoy son paneos por los tiempos de guapeza, por los tiempos de los wings de antaño, del centro half, del volante tapón. Ni por asomo abundaban los extremos, el enganche, el marcador- volante.
        Entonces, no sorprende encontrar asiduamente a las porristas cuando los jugadores se lanzan al campo de juego, cual partido de la NBA. Con coreografías importadas del show- bussines. En eso, un flaco de la popu, con las chuzas por la espalda y con jardinero puesto, embiste irritado: “Sólo falta que venga Shaquille O’neal y la vuelque”. Así, las risas incontenibles se inmiscuyen en la escenografía montada para regodear las miradas y dejar huérfano al balompié vernáculo.
        Valores prescindibles se pasean por el parque de la congoja. Es que en el torneo Apertura 2001 se suprimió el campeonato de Reserva. De un plumazo. Se dictaminó que se practique aisladamente los jueves a la tarde a cancha pelada. Y, como si todo esto fuera poco, todos los equipos de Capital Federal, Provincia de Buenos Aires y los rosarinos Newell´s y Rosario Central serían los protagonistas del reducidísimo certamen de Reserva. Esgrimieron dificultades organizativas, los acogotados presupuestos ya no alcanzan. Trasladarse al interior del país se hace impracticable. También aportó la sobredosis del envase televisivo, que contaminó gran parte de la identidad. A la mañana el Calcio italiano, a la madrugada los japoneses, al mediodía la Bundesliga. ¿Llegará el día que hasta de la canilla del baño germine un goleador, dispuesto a celebrar su tanto con nosotros?.
        A este panorama tan tétrico, se suma que los feligreses se despreocuparon por arribar dos horas antes a los templos de cemento. La desidia se refleja también en los jugadores. ¡¡De la Cuarta y de la Quinta División provienen los niños!!. En las épocas de antaño un pibe de Reserva apenas si debutaba en Primera con 21,22 años. En la actualidad para deleitarse con las figuras prematuras hay que enamorarse de las curvas del control remoto. Y ahí sí apreciar a través de la gélida pantalla de televisión a los chiquilines que vimos en una o, directamente, en ninguna oportunidad. Se apoderaron de los gurrumines los tentáculos ostentosos de la Juventus, el Barcelona o el conjunto más paupérrimo de la C de Dinamarca.
        Pues bien, las semejanzas con el teatro o el cine son inevitables. Aunque suene delirante. Ya que no hay más previa, uno se acerca a la cancha con la misma solemnidad con la que se dispone a recrearse con una obra teatral o complacerse con una desopilante comedia estadounidense. Da lo mismo. El carácter lúdico del deporte está de duelo. Los ritos folclóricos han sido suplantados.
        El devastado fútbol doméstico cae en una agonía acalambrante. Mientras, se lucen, a paso cansino, las memorias lejanas del 28 de septiembre de 1971. Con las primeras huellas de la primavera, un lindo atorrante hacía gala de su extravagante clarividencia con las piernas. En el entretiempo de un Argentinos Juniors- Independiente momificado en los archivos, ese pibito zurdo de 10 años dibujaba jueguitos con el empeine y con el chanfle. Incluso, le arrancó un párrafo al diario Clarín por su desfachatez y una ovación descomunal se desprendió del gentío. Hasta hechizó a los hinchas del Rojo de Avellaneda.         Ya no hay más torneo de Reserva, languidece la identidad histórica del fútbol nacional, no hay más vianda ni fideos atragantados de la abuela, no florecen más los “pollos” favoritos de cada hincha. Pero seguro que en un terreno baldío aún se sostiene el cabello ensortijado, la prodigiosa fanfarronería de ese Mesías del fútbol que potenció su desparpajo por los rincones más inhóspitos del mundo. El mismo que deslumbró en 1971. Ese Mesías se llama simplemente Diego.
        Y espera que un golpe a la mandíbula a la sordidez avive, de una vez por todas, a la identidad perdida.


PD: Por ahí un nene se cuela en un picadito, por ahí llora en un costado su aflicción. Con 11 años se va al Real Madrid a tirar paredes con Figo. Lo que más lo apena es que ni siquiera se dio el gusto de mostrarle a su viejo cuán capaz es con la pelota en la Reserva de su club.



 

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