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Un rayo misterioso
Por Andrés Kilidjian
     Bajé del tren envuelto en el crepúsculo, un policía fumaba contra el cerco. No vi otro ser viviente. No vi un perro, no vi un pájaro. El silencio tenía color, era como ceniza. Las vías, lejos se juntaban al doblar un recodo. Pensé, las paralelas se cortan en el infinito. Y de pronto me acometió una violenta necesidad de regresar…

ABELARDO CASTILLO


     Recordé las mejillas sonrosadas de la joven que pudiera engañarme. Los muchachos en el bar o en el club; mamá y papá, que ya se fueron. Tal vez no todo estaba perdido; en la memoria habría una esperanza. Ese crepúsculo no era mi destino. Me llamaban los paredones del sur, las azucenas en gloria, un amor que como aljibe ciego no se resigna… Nunca quise luchar demasiado.

     Tal vez me equivoqué de tren. Me siento algo agotado por los años, pero qué… Al menos ahora lo veo de cerca ¿qué más puedo perder? Volvería, de traje negro, en un auto brilloso; te colgaría de mi brazo y volaríamos al sur, siguiendo el mediodía. Estarías siempre alegre, no te daría tiempo a pensar. No me gusta que pienses, me preguntás cosas que no te puedo responder, dudás. Tengo que ocultarte que el auto es robado, que el traje es prestado, que el perfume son unas rosas cuya belleza acribillé en mi piel… Cómo te explico que el mundo no es ese tormento, que no es ese abandono. Cuando el viento te lave las mejillas vas a darte cuenta. Luciérnaga curiosa. -Acordate de mí. Por favor, no te creas, no te dejé; es tan difícil mostrarte lo que quiero. Pero ya está, no tenés por qué estar enojada. Con veinte abriles, te podés olvidar de un viejo que te mareó el cuore. Podés mandar a mudar los sucesos oscuros que siempre te acechaban desde mi pasado. Vos acordate lo que te enseñé –Mi Amor- tenés suerte; sin saberlo, ya pasaste lo peor.
     Vas a ver en los ojos de algún varón que nada se perdió. Creeme, que volvería, y lo voy a hacer, pero no para ocultarte mi historia; voy a darte algo mejor, un mundo real, donde vos y tu novio puedan hacer algo y no se pierda en un arcón fantasmal, donde tus deseos tengan el poder de lo inevitable. Vos acordate de mí, que para eso estoy escribiendo esta carta; (no me daba cuenta) habrás leído el acápite. Si de algo te sirve esto, ya sabés a quién estar agradecida, al menos en mi nombre. Viste cómo soy.
     En este momento, mientras leés, debo estar recibiendo la sentencia. No te preocupes no hace tanto frío, yo me lo hacía distinto además, el tren siempre trae noticias. El cana cree que estoy triste; no tiene idea de que te escribí esto antes de salir. Pobre Parca, qué sabe de literatura, ya nadie le va a tener miedo...


 

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