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La cacería
Por Patricia Damiano
Escribes la cacería como puedo dibujar la marcha de los alfiles, sobre el muro blanco y negro la oblicua sombra. La cacería de la noche me anunciaron. No era Uriel, luminoso. Ni Oscuro, en las batallas celtas. Era el pozo en el espejo, la luna en los aljibes de la historia nueva, el acaso intolerable universo de Borges en “El suicida”.

El mar no vacila. Vacila la presa y se despide. Abre tus brazos para mi cuchillo: te daré el sueño, no el olvido.

Escucho el rumor de un chacal en el viento de la espada: es el arco del silencio herido. La vereda de esta calle repite los gritos. Un tigre, echado contra el sol, todo volcán amarillo y eterno, acecha a su víctima. Tiene ojos de fuego. Tiene hambre.

Las cosechas se han perdido.

El hambre.

Un absoluto. La cacería.

Escribes mi sombra y la última frontera. Has escapado a las antiguas cicatrices. Dices que te has rasgado, otra vez, la piel para ofrecerme las heridas de hoy las ballestas de hoy ofrecerme la orilla donde dibujarte cuando ya no hay tiempo y la sangre y todo se reúne y todo es la cacería y entonces hiede y seduce y entonces vuelves, vuela la palabra violenta y es este castillo de piedras una solemne injuria dime si la cacería ha sido un sueño, otro sueño sucumbir ganarle a la garganta ser este fragmento.


No es posible el olvido en la cacería.


 

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