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Escritos recuperados, 1
Por Guillermo Seminara

Gatos

     Cada tanto uno de ellos abandona su destino comedido y despliega frente nuestro su abanico de silencios... No debe haber lejanía mayor que el propio goce que los rige el cual -seguramente- proviene de su eterna y ancestral victoria sobre el azar.


Confites

     Me pregunto por qué nunca di con su tan particular versión de la felicidad.


Nadadores

     Si volviese a nacer volvería a preguntarme qué haría si volviese a nacer y en ese caso, sin duda, contestaría: sería nadador. No guardavidas, nadador. Recorrería grandes distancias matinales en el mar y cada tanto a modo de descanso sumergiría la cabeza con los ojos bien abiertos y empaparía mis pupilas con lo más azul que pudiese. Luego, naturalmente, llegaría la tarde y yo, de poder, seguiría allí, respirando lunas.


Matemáticas

     Si tres por tres es nueve y nadie a esta altura dice nada, es sólo porque nos sigue proporcionando un gran placer poder controlar cierto futuro del tres aunque sea en esta escala tan modesta.


Tren

Subo al tren y siempre oigo un llanto.
¿Serán palomas?
No
Luego me distraigo en la tristeza de un patio soleado, o algo así,
y cuando quiero darme cuenta ya estoy viajando.
Alzo la vista y todos callan con todos.
Y yo no sueño.
Me estoy yendo.
Triste.
Adiós.


Muerte

     La muerte está en todos lados menos en ella misma. En ella no hay oscuridad, ni soledad. Tampoco allí descansa nadie. No hay días grises, ni flores, ni caracoles lentos. Ni hablar de la desgracia que es la ausencia de gracia. En la muerte nunca llueve ni deja de llover. No está Hugo. Etcétera.
     No, la muerte no es morada final de toda esas vidas y nada nos aleja mas de ella que su propio nombre.


Guillermo

     Nuevamente yo, sin más y sin menos. Nuevamente mi mirada triste que resiste a esta tarde persistente de enero. Vacío y necio recorro los umbrales más remotos de mi risa y me hago inútilmente fuerte en un paulatino adiós sin Dios y me sobran los dedos de una mano para contarme.


Veinticuatro de marzo

No es posible tanto dolor y sin embargo es posible.
En vano, una a una, acomodo las rocas de mi muerte
y luego entristecido despierto hacia la nada...
¿Y qué decir de mi infancia sin reposo?
¿y qué de mis águilas sin alas?
Y allí voy, florecido pero inerte
deambulando entre martirios renovados,
sin mayor ocupación que mi tristeza
buscando olvidos y guitarras...


La fiesta del filósofo

(Me acuerdo mucho de Esther)
     Se celebra allí la invocación a los despertares más diversos. Como en toda fiesta, las cosas por momentos se exasperan frente a sus designaciones rígidas y al cabo de un tiempo simplemente estallan.
     Luego, los presentes recogen como palomas o gorriones, no sé, los fragmentos dispersos y se marchan nuevamente hacia la búsqueda de nuevas lejanías. Y la fiesta concluye.


Las palabras


     Es sabido que cada una de ella nos conduce al infinito y que el infinito es casi una promesa, y que las promesas agigantan lo posible, y que lo posible recupera siempre algo de lo dado, y que lo dado es lo instituido, y que lo instituido es lo nombrado, y que lo nombrado conduce al infinito...

Vida

     Yo vivo de milagro ¿y el milagro de qué vive? Bueno, para eso se inventó la irreverencia, para que dejemos a los milagros en paz.


Día

     Hoy tengo tanto odio para dar. Me quema los párpados. No es un odio literario que persigue metáforas, es un odio a secas, un odio vulgar y antiguo, yo diría el de siempre, el italiano.
     Puedo, si quiero, y de hecho quiero, malograr este día y tornarlo inútil. Extremarlo. Cerrarlo poro a poro. Nublarlo y alejarlo. Mi odio es común y eso, sin duda, lo envilece. No hay atisbo de epopeya alguna en mi iracundia.
     Ya lo suavizan las palabras... lo inauguran una y mil veces, lo capturan y reemplazan. Ahora es un odio estético, un odio más armónico. Un ejemplo de odio.
     Mi odio es educado y permite que los mayores tomen la palabra y la clausuren hasta el próximo adiós.


La primera piedra

     Procuraría dar de lleno en el rostro hasta tumbar el cuerpo. Llegado un punto es obvio que concluiría. De poder elegir un final me iría con la célebre impúdica y su deseo abandonado y en algún momento, supongo que de la noche, me ocuparía en reordenar mi inocencia.


 

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