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Corrientes transpuestas
Por Elhermafroditanímico

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     Tomados de la mano, entreapretándonos las yemas de los dedos por el frío de la sudestada típica de fines de julio, moviendo las patas saltando como niños de delantal azul hacia el último parquecito de la avenida Independencia –el paseo Sara Vaamonde– en el titileo de su nariz de monumento escolástico que daban esos doce grados y ella sólo con blusa, el misticismo encandilador que daba la aurora boreal de su pelo roble (pero no del todo color roble, porque también tenía pasillos oscuros en sus profundidades, como gavetas en los escritorios de los abuelos. Y yo siempre de curioso me hacia el desentendido y metía mi mano derecha a explorar los pasillos de su nuca, de su frente, sacándole el pelo de las líneas de su shakesperiano rostro, tan adornado que a veces pasaba los límites de mis ojos y mi entender), el goce que se sentía al enredarla en la cintura sintiendo la hidroelectricidad pasar de la mano a mi pecho poniéndome los vellos de punta, el regocijo de las seis de la tarde, del día preparándose el gorro de dormir, de sentarnos en un banco húmedo por la tormenta de hacía un día, de ver unos pocos chicos en los juegos, en el tobogán donde estaba cuando con los ojos de chupetín bolita la miré por primera vez, y cuando por fin de tanta espera sobrevolaba sus codos en mis hombros y nos restregábamos los labios de punta a boca y nos arañábamos con la lengua los molares, con los ojos abiertos, que sonreían los suyos con ese color coral y estarcido de lágrima, pasándome de atlas a prominente la blanda uña de su índice que me hacía sentir al lado de la fogata (el primer lugar donde ocurrió esto), y yo saboreando como la última cena el flagelo demoledor que vagaba por el tiramisú de sus papilas y la menta oceánica de su saliva, y yo admirando sus pupilas donde se iba haciendo una infinidad galáctica, el Aleph de su retina ocular, y ese hechizo (porque sería difícil catalogarlo nada más de beso) donde me esparcía era una lenta y eterna fusión nuestra en medio de la gente, de los chicos, aunque para cuando reaccionábamos de vez en cuando eran las once y muy tarde y corríamos a casa; y así más o menos (maso ya que no tengo idea si padezco de amnesia o es un invento, aunque estoy un 99% seguro y un poco más que no es así) recuerdo a La Nira: la primera y principal y total que se metió en mis letargos, y el deseo de que vuelva el cansancio para volver a encontrarla.

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     No tengo exactamente la idea real de por qué dejó de aparecer La Nira en mis descansos, los cuales no eran muy imaginativos ni de mera ficción: una visita al barrio de Almagro en los atardeceres de invierno, realmente no mucho. Pero también se podría analizar el hecho de que había personas creadas por mí –aparentemente–, lo que lo hacia un poco más interesante (claro, hasta que llegó ella).

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     Me acuerdo muy bien que cuando vi a La Nira por primera vez quedé estático. No podía creer que mi subconsciente hubiese logrado tal utopía en mis siestas largas. Su cabello roble y sus ojos coral salpicados con lágrima y la superficialidad de empalagosa de su boca que se apoderaba de mi vista. Recuerdo más que bien como mis chupetines bolita se quedaron derramados sobre ella como si hubiese estado observado una magnificencia cósmica de lo infinitamente embrujado por la luz. Se dio cuenta de que la estaba mirando de esa forma tan boba y quizás enclenque, y desde lo lejos me sacó la lengua bromeando dándome un flash donde se escuchó el despertador y eran las siete y media y bue... el cole. Permanecí todo ese día pensando en la imagen de La Nira y por suerte para mí, esa improductividad total me causó cansancio cosa de que la podía llegar a ver un poco más pronto.
     Llegué a eso de las doce de la noche a mi cama, y bajé las cejas en la almohada y los abrí arrodillado en el parquecito de Independencia, encontré a La Nira en el tobogán. Me ojeó en un momento y nos petrificados un buen rato. Ella sonrió con meticulosidad de bienvenida. Se bajo del tobogán de un salto, corriendo se iba acercando, tomándome del codo (casi me tropiezo) y llevándome hacia el primer banco de la placita. Me arrojó de un empujón para sentarme mientras que su sonrisa era inmaculadamente perfecta. Se puso a mi izquierda; nos quedamos reojeándonos unos minutos y pegábamos risas hundiéndonos los globos oculares con los dedos mirando al suelo. Luego se animó (no como yo) y me tocó el hombro, y se me puso a hablar (por eso quedé exageradamente boquiabierto. Me parecía increíble como hablaba; tenía un lenguaje exquisito y coloquial, y una voz cual ver las cataratas del Niágara desde arriba. Realmente mi subconsciente había hecho una opera prima dentro de mis descansos). Cuando reaccioné apenas terminaba de ponerse el anochecer por el parque, y no quedaba nadie excepto La Nira y yo. Nos pusimos al lado la fogata por el frío. Nos quedamos con los ojos clavados unos del otro, como conspirándonos. En las pupilas de La Nira se proyectaba unas dimensiones paralelas plagadas de belleza cromática coral. Y nos sentamos en el banco y sucedió lo que todavía recuerdo (y es muy digno para mi de recordar): me pasaba su índice de atlas a prominente y de prominente a atlas, sepultándonos la boca, sintiendo el gusto de tiramisú y menta mezclados en la suya; yo tenía los ojos cerrados esa vez (la única, no dejaría pasar la oportunidad de verlos. No tengo idea si La Nira los tenía cerrados, pero mucho no me importaba); me dispuse a abrirlos para ver su boca y el reloj decía seis y treinta y me quise dormir pero por mala suerte no podía por la ansiedad que me invadía por ver a La Nira me mantuvo despierto sintiendo un gusto a su intermitentemente boca de confitería.

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     Estuve todo el día evocando a La Nira.
     En el pizarrón sus retinas con mi mirada perdida, mientras que la maestra escribía cuentas de dividir y regla de tres simple lo cual no me interesaba y no le interesaba a nadie, porque tenía el coral lagrimeado sobre el verde de la pizarra, y el gusto de su boca en la punta de mi lengua, del cálido escalofrío que daba el todavía sentir su índice en la nuca; de esta forma estuve todo el cielo celeste. En el reflejo del agua del vaso la veía, en medio del lejano cataclismo del sol, atrás mío en algún espejo; era una obsesión volver al descanso, una adicción como la del adolescente intelectual que se quiere tragar el mundo.
      En la noche siguiente me quise ir a dormir a eso de las once. A cepillar mis dientes y a la cama. Un pequeño inconveniente surgió en ese momento: no podía cerrar los ojos pensando en La Nira, en su pelo, en su risa, en su voz latente, en las líneas arquitectónicas que la naturaleza le había construido. Mordía iracundamente la almohada, pues, mi desesperación. Por buena fortuna me cansé de desesperarme en la oscuridad, y me dormí tarde (en alguna hora de la trasnoche).
     El reflejo del ocaso se avecinaba lentamente por la avenida Independencia. Me entrometí en los suburbios de la pequeña plaza (por supuesto que al decir reflejo antes, me refería a que estaba nublado). Había un par de ancianas con unos cinco chicos en los juegos , y ellas tejiendo o charlando o leyendo una revista tipo al estilo Caras. Me fijé si estaba La Nira en algunos de los bancos que adornaban el sendero. Giré un cuarto de vuelta la cabeza y la vi, en el sube y baja con otra. Le chiflé opacamente y se dirigió hacia mí, dejando a la otra sola y desamparada en el juego. Se me puso enfrente, mirándome desde abajo (claro... no iba a ser cosa de que mi subconsciente me haga inferior). Me besó la boca con la mitad de los labios, que táctilmente emulaban con sentarse en un sofá enorme de seda, crispándome la mejilla con la otra mitad de los labios, metiéndome la mano en los costados de mi cabeza, en los escombros de mi pelo. Le quise correr la boca para dentro de la mía; se despegó y me observada perdidamente y queriendo sacar una carcajada, y salió corriendo a los arbustos mientras se sacaba esa carcajada de encima. (Claro que la seguí hasta los abisales de los arbustos). Quedó entre la pared que estaba entre los árboles y la reja oxidada y blanca de la calesita (porque la plaza estaba entre dos reja y dos paredes) y un olmo viejo, riéndose armoniosamente a pesar de los hisopos que nos clavaba el aire entre los árboles. Con una sonrisa macabra y morbosa la entrecerré, tomándola de la cintura, apoyando y rascándole los incisivos con mis labios entre el suburbio de la fragancia utópica de su aliento, mientras el murmullo de las revistas tipo Caras se deshacía y venía la noche, y la lluvia de julio fría que comenzaba, que nos caía a la vez que se nos petrificaban nuestros respiros dentro del otro, chusmeando en los compartimentos del alma, degustando el llanto de la noche con las lenguas mezcladas y las bocas abiertas, por donde mueren mis peces de la tristeza a causa de La Nira, acurrucando la seda mojada de su nuca pediéndonos en la sombras transeúntes de los arbustos; y por plena pena que todavía me duele reaccionó La Nira que eran las once (muy tarde para ella) que se tenía que ir y un beso sin matices y se largó su maratón. Bajo las jaulas de la lluvia en la noche me recosté en uno de los bancos, miré al suelo y vi que la maldita cárcel de la cronología decía ocho y veinte, y la almohada pegajosa y me vestí volando a la vez que salía disparado para la escuela. Sentía una congestión terrible, aunque encendí el calefón de gas en mi cuarto, y me parecía demasiado demente pensar en lo de la plaza. Había otras posibilidades como que tuve que dejar la ventana abierta porque la estufa estaba rota, entonces me caía el objetivo viento en la cara, pero no me fijé en eso. Era de impertinente que estuviese en la escuela, una inutilidad total, todo el tiempo estaba pensando en La Nira, en su pelo en sus ojos... era una obsesión que me carcomía el espíritu esperar a verla, aunque la veía en los recuerdos de besarla (esa maravilla donde titilaban sus galaxias), de encadenarla con mis brazos a su cintura.

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     A la noche soliloquié en el espejo: mirá, macho, si no te tranquilizás no vas a poder dormir ni ver a La Nira, así que mejor te comportás. Me fui a eso de la medianoche a acostar, porque tenía tarea que terminar, así no la hacía el fin de semana. Apagué la luz, me tiré a la cama (no se como hice para acertarle en la oscuridad) y me senté en unos de los bancos donde yo acababa de levantar mi espalda. Vi como todo en la plaza brillaba por el cegador sol y diecinueve calidos grados. Me aburrí (es decir, me volví paranoico) y fui a buscarla. Un cachorrito triste y rabioso se me garabateaba en la cara. La busqué por todo el parquecito con las manos intranquilas, buscándola por los arbustos y el olmo. Pero su magia estaba ausente, y yo tenía un radar en el alma para saber cuando La Nira estaba escondida; sentía un zumbido cosquilloso en el oído por su risa, más allá de que esté al lodo mío o a cincuenta metros más lejos. Y sabía muy bien que no estaba. Me decidí a esperar, a patear algunas piedras de la húmeda tierra para callar a su silencio por momentos. De allí de subirme al tobogán para ese Apocalipsis de subir escaleras y bajar en picada oblicua me despegaran por instantes de La Nira. Pero era imposible no estar pensando en ella ya vista una vez y nada más. De esa forma me resigne a la espera y salí por las calles de Almagro a buscarla con los ojos obesos de la desesperación que me sofocaba por el asfalto coloidal por la lluvia de ayer. Pero no la encontré y el ocaso hacia horas que se había ido. Me acosté en la esquina, temblando plasmáticamente por La Nira, furibundo bajo la noche abominable, que no estaba y no sabía si volvería a estar entre las penumbras del Sara Vaamonde de la avenida Independencia. Veía los autos que me pasaban muy cerca de mí con las luces encendidas (menos mal), y entre ellos había un enorme camión con gigantes luces cegadoras y eran las nueve y el sol de la mañana me pasó a las retina a través de las rejas de la cortinas.      Me senté en la cama frotándome la frente con las puntas de las yemas, sintiendo como el ácido de la soledad me quedaba en el pecho, por dentro, acicalando mis pulmones, un emptiness que no había alcanzado antes (porque nunca ha existido ninguna otra Nira). No podía creer que La Nira no estaba, no aparecía; era un recuerdo, como el más dulce aneurisma que me AGRIETA el alma.

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     Estuve días esperando y buscando y (me dolía en los ronquidos) llorando fatídicamente porque La Nira no se presentaba. Sus ojos color coral con estarcido de lágrima se me flasheaban cada vez que bajaba las cejas. El roble aparecía de la nada en cada cosa que reflejaba, en cada vidrio, en cada espejo, en cada cristal y metal precioso (si hubiese pasado por una joyería me hubiese descalabrado totalmente). La extrañaba tanto entre el colegio y el parque y mi vacío y el abismo universal...

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     Me fui a dormir temprano unos de esos días. El frío de la plaza era abrumador, envolviéndome la garganta, aunque el sol del ocaso estaba firme en el parque. Ya casi había perdido todas las esperanzas de encontrar a La Nira allí y en Almagro (hasta he cruzado los límites, yéndome a Boedo y San Cristóbal para percibir mera señal de su aliento). Con los ojos llorosos de tener su boca nada más que en mi memoria, me disponía de mala gana ir a ver si caminando la encontraría (ya con cara de derrota mía). Con una ráfaga de aire de hielo algo más me tiró metro para atrás, sepultándose en mi boca con un sabor tibio a tiramisú tirando a menta, con un escorpión que pasaba su cola de arriba abajo y abajo arriba de mi cuello. Mi instinto sonrió, mi alma se sonrojó y quedé tácitamente sólido como un ciervo de su garganta. Dejé portear por las líneas de la palma de la otra mano de La Nira que me despeinaba, y yo observando sus ojos coral que brillaban bárbaramente en un leguaje meloso, tomándola de la cintura con las muñecas sin dejar una gota, bebiendo de a sorbos la lava cristal de sus labios, oyendo el zumbido cosquilloso de su risa dentro mío; ahí salió corriendo del parquecito a velocidad media para que la persiga. Llegamos hasta Castro, donde se paró tras una pared y la tomé de los codos, desparramándola en el muro, tocando con los labios el cielo debajo de su mentón mientras ella carcajeaba. Con una sutileza envidiable me sacó de ahí, mirándome sin escabullirse, <> me susurro para deleite de mi oreja, aunque tosía un poco. También me dijo que cuando la quiera ver, que toque la puerta y pregunte. (No había mucha alegría por parte mía pero no me quejé). Entró por la puerta a su izquierda, y caminé a la placita, con las manos en los bolsillos haciendo malabares dentro; me senté en el tobogán, y me quedé ahí, cerrando los ojos y oyendo un portazo porque hacía veinte grados (así de bizarro el clima porteño), y necesitaba aire, que me hizo saber que eran las ocho menos cuarto según el reloj.

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     Golpeando el lápiz de punta a punta contra el pupitre me albergaba el deseo táctil por La Nira. No hacía más que escribir su nombre por toda la mesa, y dibujar su rostro en el cuaderno en vez de hacer cuentas y analizar oraciones. En cuanto tocó el timbre de salida me escapé corriendo hacia casa a ver si me dormía antes (y cuando llegué empecé a realizar todo tipo de ejercicios físicos para cansarme de una vez y que el letargo me llevara). La inercia me llevó a apagar la luz del cuarto, haciéndome caer en la cama y levantarme del suelo cuando caí del tobogán del que me empujaron. fui lo más rápido que mis extremidades inferiores querían hacia Castro con la educación de un noble (casi) toqué a la puerta de la casa de La Nira. No respondían, toqué una vez más. Apareció un hombre alto, vestido de negro como la casa por dentro; y le pregunté por ella. El hombre sin mero adorno en las palabras me dijo que se había ido a Chacarita, con la madre. Tenía una depresión atareada en su tono, en su forma de ver. Una señora de muy longeva edad y rostro oxidado con una servilleta de tela se sonaba la nariz repitiendo <> cada veinte segundos, a diez metros de la puerta. Había tras el hombre una foto, entre esa tiniebla de bosque otoñal, con él y una mujer de pupilas bronceadas abrazándose. Sin media palabra más el hombre me cerró la puerta en la cara, lentamente y con la mano ahorcando el picaporte. Volví a los recintos del último parquecito de la avenida Independencia, en estado de shock me senté en unos de los bancos, sólo, con dos chicos correteando en los juegos y una madre amamantando nada más. Moviendo la mano de un lado a otro de la cabeza, con un balazo anímico expresado en los ojos. Y esperando a La Nira, a ver si volvería hoy o nunca; y sintiendo un laberinto a mis espaldas, ya que me tomé la precaución de cerrar la ventanas y prender la roto calefón a gas y cerrar la puerta porque la temperatura bajó diez grados, sabiendo que no volvería a soñar que me vestía en delantal, que dibujaba los ojos de La Nira en el pizarrón, que escribía su nombre en el pupitre ni pintar su rostro en el cuaderno, que llegaba a imaginarme el sabor de tiramisú y menta de su boca, que era sólo alguien que estaba, yo, el vagabundo de la avenida Independencia, el que se recostaba en una plaza para soñar con una casa, una ocupación, el que se desesperaba en sus sueños para dormirse en ellos y verla (quizás ella estaría tocando a la puerta de mi casa).


RAYADA DEMOLICIÓN (A La Nira in the mirror)

     La tortura tatuada en la mirada: tautológica pesadumbre furtiva en la pantalla de cine que te [evoca. Perros en las terrazas ladran hacia la [empuñadura de la artillería del rechazo de tu vientre [apaisado sobre mi retina (ya lo sé, no estás. Pero tu [recuerdo se ha laminado entre los huecos frustrados de los [ladrillos de las casas por donde paseo fruncido en la [desesperación, desesperado viéndote en el gemido de algún [acordeón entristecido por la eyaculación continua de [melancolía del anima, y verte en el ropaje del teñido [calor cuando respiro sobre el espejo. Sí. Ya sé. Ya sé). La [militancia aguerrida del amor me gruñe en los pulmones [por perder mi consecutivo adyacente, matrícula mancada [por asirio abandonado. Perfume de sombra congestionado [en mi nariz en la cornisa, abismo que duele agonía de pies [vacilantes, el sístole como fantasma eterno el agazapo [desaparecido de borrachera tu saliva. Atornillo en mi [espalda mi testamento sin voluntades, la futilidad de tu [abrazo que se agiganta por el vacío destilado que [succiona. Los Cometas ya no bailan y una puerta tocada [de los dos lados que nadie abre y el recóndito tac de [madera desasosegado porque sabe que nunca se abrirá, y [si lo hace, un espectro con cabeza de corazón se saca el [antifaz angelical y segrega rocío como desengaño. (¿Ves? [Sí es mi rostro de romántico acribillado, el caníbal [emocional deshuesado, enfermo intermitente que quiso un [complementario. Tu aliento todavía abraza mi cuello, [¿ves?). La secuela es una espina atroz como hoyo; el olor [a voltaje ya no me tapa la cara. Epifánica sonrisa [desaparecida por un trueno desolador. Ya los árboles de [las plazas entran en pánico. Ya los toboganes quedan [pausados. Todo el llanto del cosmos se me hunde en el [pecho.


 

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