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Mansión al porvenir
Por Andrés Kilidjian
     Estaba en esa horrible casa deseando que fuera un sueño y escuchó la voz del hermano, como siempre llamando desde aquel rincón apagado, ¿dónde están las velas? o ¿dónde pusiste las llaves? En algún momento lo abandonaría, estaba harta de someterse al capricho de los demás, ese capricho injurioso y porqué no, delictivo. En la cocina un olor perfumado, la sirvienta hirviendo rosas para alguna poción que llamaba mermelada. Estaban todos hartos de ese compañerismo incondicional (inconvencional, ¿convencional?), de esa sociedad secreta que mantenían, de ese rumbo pérfido.
     Era la una de la mañana y todos despiertos pensando, hoy tiene que ser, hoy van a tocar las campanas. En la calle pasa un coche, lo único que pasa. Y las nubes, superan la atmósfera. Canta el adoptado, canta para modificar algo y lo hace, perturba el plan nocturno, el sueño de los enmascarados. Cuando caen las dos el silencio agudo se impregna en al paredes y ese sabor agrio, el acecho húmedo de la suerte, de la muerte, cuando ella no llama… El veneno está listo, piensa la adolescente; sólo deberían sacarla, sólo… Pero la veneración involucra al más inesperado y es inesperado el ataque mutuo en la soledad. Cuando la persigan no sabrá por qué; pero lo logrará, saltará la reja con púas y herida será libre. Quién diría que la noche no tiene nada que ver en todo eso, en el enajenamiento de unos acólitos, estaban tan juntos… Cuando los terrores, creyeron en la intimidad, nadie los abrió desde entonces. Nada. La calle calla porque ha visto el horror en sus faldas, la disputa, sociedad cancerosa envilecida con gomas. Todo es esperar la mañana.
     Cuando los recolectores pasan el maullido de las bocas asombradas y el alarde de la ufanación; entonces todos son recolectores. Todos mienten.
     Las aulas vacías, las alas vacías, las caras vacías; ellas ven. El recuerdo es pródigo, digo vengador.
Algo se percibe más allá y no parece condena, algo inconcluso de las hormas beligerantes. Salta el lago de las estrellas su llanto quebrado. No más traición.
     La fachada avejentada sueña otro mecer, viaja invariable y en la cabina han derivado el humo y la sombra, las almas compungidas; el silencio de la salvación.
     Llega el momento, ella oye las paredes, él no vendrá y suenan las campanas.


 

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